Siento la presencia de los muertos que me oyen. Detrás de mí, la tapia que me sirve ahora de sombrero los encierra como siempre. El sol no quema, pero arde inmaculado como tantas otras tardes. La llanura se distingue clara como el día. El encinar no se ha movido, sigue pletórico como gotas de lluvia que salpican esta triste tierra. Y por fin, recogen mis oídos el lejano susurro del tractor que me hace recordar dónde está el pueblo. Ha cambiado. Hace un mes que no subía y encuentro cosas nuevas. Crece dentro de su pequeñez… El sol nos deja. Ya sólo se distingue el humo en la tahona preparando el pan para mañana. Se oyen las campanas de la iglesia. Son las siete.


