Existen en el mundo actual diversas maneras de quedarse sordo: viviendo al lado de un aeropuerto, pasando por un calle en la que esté funcionando un martillo neumático, divirtiéndose en una discoteca con música maquinera puesta a tope de volumen y, por fin, sintonizando Telecinco (la cadena enemiga del espectador y amiga de tanta “telebazofia”) a eso de las dos y media de la tarde de un día laboral (de lunes a viernes). A esa hora se emite un programa llamado De Buena Ley que si no fuese por el tremendo ruido que levanta sería hasta interesante. El programa comienza con una exposición delante de un juez por parte de dos litigantes del tema en disputa sobre el que ambos mantienes posiciones totalmente contrapuestas. Posteriormente se celebra el debate con el público en el plato que, curiosamente, es el mismo todos los días. Aquí es donde los presentadores muestran su incompetencia a la hora de moderar ya que, uno podía pensar maliciosamente que de forma intencionada, permiten que en la mayor parte de las veces no se respete la intervención de la persona que está hablando que, también día a día, son los mismos: ya sea Mario, Mariano, etc. He dicho que de forma intencionada porque la consecuencia de todo ello es la del “efecto gallinero”: todo un batiburrillo de voces en el que uno apenas se puede enterar de nada y todo sabemos cuánto le gusta a la audiencia el mencionado efecto. A más ruido mayor será el índice de audiencia. Estamos delante del tan traído y llevado interés del share por el share. Por último, el juez, o en su caso la jueza, será la encargada de imponer justicia con su veredicto final.
La impresión general es de ser un buen programa desaprovechado y estropeado por la incompetencia de su pareja de presentadores a la hora de moderar. Sería de desear, por lo tanto, la presencia de algún “juez del público” que a través de los pertinentes mazazos hiciese algo que la pareja de presentadores es incapaz de conseguir y que es el poner orden cuando el ambiente se encrespa lo que sucede la mayor parte de las veces. El excesivo ruido del “efecto gallinero”, pues, y algunas veces los temas que trata, por su banalidad, lo acercan más a la telebasura de la que es tan amiga Telecinco que a un verdadero programa de juicios.

