La gota que le acarició la mano venía haciendo una larga travesía desde las Ramblas. Había esquivado, siguiendo los bancos para turistas agotados, a los transeúntes que suelen deambular por el paseo en busca de sueños perdidos y anhelos olvidados. Llegó hasta la Plaza España donde a través de una jungla de pares de zapatos pudo entrever a una joven cantautora que hacía oír su poesía entre los presentes. Se enfiló por una farola ciega. Poco a poco se fue deslizando por la lámpara sin luz hasta llegar al vacío y, sin pensarlo se dejó ir en busca de su ansiado destino. Había nacido de los ojos de ella y por sus mejillas había iniciado la particular odisea para decirle que le quería.

