Hay que ver lo que han cambiado los tiempos. Antes, para redimirnos de nuestros pecados nos acercábamos a la iglesia más cercana y, tras una rejilla, confesábamos todos nuestros desmanes a un cura que, por supuesto, no veía nuestro rostro.
Pero llegaron los Talk Shows. Para los profanos en la materia, les diré que un talk show es un programa televisivo del estilo de “El Diario de Patricia” o “Esta es mi Gente” en el cual, completos desconocidos nos confiesan sus miserias mientras los televidentes envían sms´s opinando sobre el asunto que se expone en ese momento.
Todo vale. Hay para todos los gustos. Desde historias de cuernos a problemas entre vecinos. Desde hermanos que no se hablan por cuestión de herencias, hasta aquellos que, “por dejadez”, no se han puesto en contacto con sus familiares directos, que, por supuesto, viven en su misma ciudad, y que desde hace 40 años, pese a tener fijo, móvil y dirección postal no se han visto ni en las bodas. ¡Y eso que siempre se han llevado bien…!
El colmo de este tipo de programas es cuando aparece la maruja rolliza de turno en minifalda (que podría ser la causa del paro cardíaco del peor de los estilistas) a quejarse de que su hijo “Sergio” no hace la cama ni baja la basura.
El pobre “Sergio” abochornado aguanta el tirón como un campeón. De repente le ves con ganas de salir corriendo a hacer las camas de todos los hoteles de Madrid antes de que continúe la humillación pública. Pero ya es demasiado tarde. Todos sus amigos, vecinos y conocidos están al tanto de que es un guarro porque no se cambia la ropa interior a diario y, además, un vago que no pega un palo al agua en casa. Claro que con este tipo de asuntos también se llenan programas como “Gente”. Ya me dirán Uds. si no les despertaría el instinto asesino este tipo de encerronas. Porque lo mejor de todo es que el humillado no tiene ni idea de la que le va a caer encima.
Otro de mis favoritos es aquel que va a confesarle a su amiga “Pepi” que está enamorado de ella desde que la conoció. La “Pepi” piensa que va a hablar en el programa de Bisbal, su cantante favorito. Pero, ¡oh, sorpresa!. Mientras ella alberga la remota esperanza de que el cantante aparecerá en escena a dedicarle la más tierna de sus baladas, todo cambia y lo único que aparece es el calvo y, porqué no decirlo, pesado de su vecino del quinto, confesándole su amor. ¡Qué horror!
Luego están los que confiesan abiertamente que han tenido que subir los marcos de las puertas de casa para que pase su mujer. La señora en cuestión tiene más cuernos que el padre de Bamby. Resulta que durante 20 años de matrimonio el buen señor se ha acostado con todo lo que llevaba faldas mientras ella, que vive en el limbo, nunca ha sospechado nada. Él, en un acto de contrición sin precedentes, tiene la jeta de presentarse en el programa a confesar sus deslices y a prometer que va a cambiar y que la quiere sobre todas las cosas. No me extraña que tengan permanentemente un médico en el plató. Es para que le diera un infarto al más “pintao”.
Y así sucesivamente. Cibernovios más feos que Picio que van a verse por primera vez, homosexuales que salen del armario, madres que abandonaron a sus hijos, etc…
Cuando terminan estos programas, pienso en lo sosa y aburrida que es mi vida. ¡Coño, si ni siquiera tengo un gay en la familia!

