Sin ánimo de criminalizar al botellón (¡huy qué mal empieza esto!, pensarán muchos habituales del libar al aire libre), los disturbios de la madrileña localidad de Pozuelo (donde hubo 20 detenidos, varios de ellos menores), en la que varios centenares de jóvenes llevaron su entusiasmo etílico del botellón al extremo de tratar de asaltar una comisaría de Policía tras haber quemado coches y protagonizado altercados varios, dan qué pensar.
Contamos con una juventud bastante sana en general. Pero que casi uno de cada cuatro menores confiese haberse dado un atracón de más de cuatro días de alcohol durante el último mes debería preocuparnos. Y eso es lo que han dicho los estudiantes en la última encuesta escolar dada a conocer por el Ministerio de Sanidad.
Si ya resulta difícil que algunos jóvenes se somentan a la autoridad escolar en los centros de enseñanza y los padres muchas veces no están o no saben, la cosa se complica cuando el estímulo del alcohol hace que ni siquiera una dotación de la Policía sirva de freno.
La sociedad debería reflexionar, y rápido. Porque las nuevas tecnologías llevan a los jóvenes a estar permanentemente en contacto, contarse las últimas tendencias (buenas o malas), organizar un botellón multitudinario en horas… Un sinfín de posibilidades en las que introducir criterios de racionalidad se hace difícil. Es como si ellos viajaran en cohete y la sociedad les gritara desde un globo aerostático.
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Mi novela La torre quemada se publicó en 2005. Ahora he decidido ir colgándola semanalmente en este blog. YA ESTÁ EL ÚLTIMO CAPÍTULO.
Si quieres ir al comienzo pincha aquí: Capítulo I

