Andrés llegó a casa el pasado sábado y se encontró con una agradable sorpresa. Su tía favorita, Amelia, que es su madrina, le estaba esperando para decirle que le iba a regalar unas zapatillas deportivas para su cumpleaños. Su tía quería saber qué deportivas le gustaban.
Andrés lo tuvo claro desde el principio. Había estado ojeando en la web y había encontrado cientos de páginas de segunda mano que ofrecían deportivas que le chiflaban. Especialmente le parecían de lo mejor unas zapatillas de su marca favorita. El vendedor las había recibido como regalo de Navidad y pensó en venderlas porque tenía más de cinco pares. El dinero que sacara le vendría muy bien para otros gastos.
Zapatillas como nuevas
No es que Andrés fuera descalzo a clase, por supuesto que no, pero como el calzado le duraba lo que un caramelo a la puerta de una guardería, su madre le compraba unas zapatillas tan pesadas que agradeció el gesto de su tía Amelia como si hubiera ganado la medalla de oro en la carrera de su clase.
Las zapatillas que le ofrecían en esa web de internet eran de diferentes colores, tenían cámara de aire y saltaría más que Carlitos y Joselito. Unas pequeñas lucecitas iluminaban la parte trasesa anunciando su posición. Cuando las vieran, todos sabrían que eran las deportivas flamantes de Andrés.
Cuando el paquete con las zapatillas llegó a casa, no pudo esperar más. Estaba impaciente por mostrarlas a todos. Andrés llegó al colegio más chulo que un ocho. Pero nadie se fijó en ellas. Paquito habló de que tenía una colección de cromos nueva; Luisito contó que le habían comprado un perrito para Navidades…Y Andrés tan triste con sus zapatillas nuevas.
Cambio de regalo en internet
Andrés estuvo todo el día mimando a sus zapatillas: no cruzaba los piés para no mancharlas, cuidó de no pisar charcos, dejó de jugar al fútbol porque no quería estropearlas tan pronto. Al llegar a casa su madre se fijó en su cara tan seria. Andrés le dijo que ya no quería unas deportivas que no llamaban la atención de nadie. Y que hablaría con la tía Amelia para que las descambiara. Y que si lo hubiera sabido le hubiera pedido un balón de baloncesto.
A la semana siguiente aparareció la tía Amelia con un balón de baloncesto. Había conseguido cambiar las zapatillas que su sobrino despreció por el balón soñado. Sólo tuvo que hacerse cargo del transporte y de la diferencia de precio. En internet se lo arreglaron todo.


