Instantes digitales.

'El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo.' Epicuro

Sonrisas al verte y carcajadas de despedida.

En esta vida de risas y lágrimas, hay siempre personas que destacan del resto del grupo para bien o para mal.

Aingeru es uno de ellos, o eso es lo que pienso siempre al verlo alejarse después de un encuentro casual por las calles de nuestro barrio.

Y si bien es cierto que lo conozco desde siempre, en mis primeros años no me despertó especial curiosidad. Un dependiente más al que le gustaba ser agradable con su clientela. Regentaba un tradicional ultramarinos de esos que sucumbieron a las grandes cadenas de supermercados. Y aunque resistió como un jabato hasta la edad de jubilación, el establecimiento se cerró una vez cumplida ésta.

Después no tengo recuerdo de verle a menudo, hasta que su mujer empezó a perder recuerdos. Hoy se me olvida esto y mañana aquello. Y fue a partir de ello que se hizo habitual por las calles vecinas con su compañera prendida del brazo.

Y fueron pasando los meses y los años y la perdida se hizo más grave. Uno de tantos casos que tristemente ocurren en la sociedad de hoy y que desconocemos las causas y el tratamiento de cura.

Pero él no pierde su sonrisa. Y siempre que nos cruzamos no le faltan palabras amables que dedicarme. Por eso cuando lo veo alejarse e imagino todas las tristezas que hay tras esa actitud positiva que siempre muestra, no puedo evitar pensar en lo cruel que es el destino.

Un sólo instante, porque su voz me regala con gracia un:

-”Hasta luego, mocita”- mientras pasea a su niña empujando su silla.

Mocita en la cuarentena, no me  digas que no es para sacar toda la  dentadura de la risa que me da.

¡Ay, qué cierto es que del cielo nos mandan los ángeles para cuidarnos!