Nada más salir del hotel enfiló sus pasos hacia el Paseo de las Palmeras y se entregó a aquellas estáticas y vigorosas figuras que flanqueaban su caminar, las cuales parecían adorar su presencia logrando hechizar todo su ser con una harmonía sobrecogedora. Instantes más tarde, apoyada sobre la baranda del Balcón de Mediterráneo -custodiado desde
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