Iglesia, Aborto y políticos

Dios me libre de romper una lanza por la Iglesia Católica Apostólica y Romana, pero es que cuando tienen razón hay que dársela, aunque nos parezca una herejía. Esto viene a colación por una noticia que leí la semana pasada en la que el portavoz de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Martínez Camino, declaraba que cualquier cristiano que “apoye, vote o promueva esa ley (la del aborto) está en pecado mortal público y no puede ser admitido a la sagrada comunión”. Amén.



Todos los clubes tienen unas reglas, incluso el no tener reglas es una regla, y hoy en España no se te obliga a pertenecer a ningún club (por favor Laporta, abstente de comentar la frase anterior). Lo que no se puede hacer es pertenecer voluntariamente a un club y decidir por tu cuenta que reglas cumples y cuales no. Sería absurdo ser del Real Madrid Club de Fútbol e ir con una camiseta del Fútbol Club Barcelona al fondo sur del Santiago Bernabeú sólo porque te da la gana. Si eres del Madrid vas de blanco. Son las reglas del club. O ir a jugar a un club de golf con una raqueta y una pelota de tenis sólo por que es mucho más fácil que dar a la puñeteramente diminuta bola de golf con un palo de metal. En los dos casos no durarías mucho en ese club (especialmente en el primer ejemplo, en el que la baja del club se tramitaría por la vía de urgencia, la del hospital más cercano).



Así que el Club de la Hostia (de los dos tipos, las de pan y las que recibía como panes en el colegio de curas al que fui), es decir, la Iglesia Católica Apostólica y Romana, tiene razón al querer excomulgar a los parlamentarios que voten a favor de la ley. Si eres del club debes aceptar sus reglas, y si no, pues a seguir los pasos de Lutero, Calvino o Enrique VIII (fundando una iglesia a medida, no empezando a decapitar). Pero la imposición de reglas impone una obligación a la dirección del club. La Iglesia debe expulsar a los socios disidentes. Bien es verdad que como lleven esto a la práctica, contando con que cada vez son menos y que, de los que hay, la mayoría no sigue los designios del Emperador (quizá esté siendo irrespetuoso, pero es que es igual a Benedicto XVI ), no quedaría ni el quico (mal ejemplo, los kikos si quedarían). Ya que, si no se cumplen las amenazas, los socios se aprovechan para hacer lo que quieren y acaban transformando el club en una casa de “Marías Magdalenas“.


Aunque yo, sobre clubs, prefiero seguir la filosofía de Groucho Marx “No deseo pertenecer a ningún club que acepte como socio a alguien como yo”