Margarita Ricchi es mi secretaria. Espectacular por dentro y sorprendente por fuera, Margarita es una brillante criminalista, domina varios idiomas y posee una considerable fortuna de la que no hace aprecio. Es hija de un noble italiano que multiplicó su capital en Argentina, donde Margarita adquirió una exquisita educación antes de trasladarse a Venezuela para mejorar sus conocimientos de criminología. Es allí donde nos conocimos. Aznar contrató mis servicios como espía privado para que le echase un ojo a Chavez, un tipo poco de fiar, me dijo el Presidente. Después de seis meses de intenso espionaje redacté un informe para el Presidente Aznar, con quien había estrechado una dicharacheraamistad gracias a mi probada cordialidad, ¡y ay!, no por la suya; dicho sea esto sin ánimo de crítica hacia el Presidente, que no todos somos de la misma condición.
José, cuidado.
No me fío un pelo del gachó.
Fdo.: Jota.
(Espía privado con resultados garantizados)
El Gobierno quedó impactado con mi trabajo, y como una cosa lleva a la otra, me encargaron que espiara de cerca a los etarras instalados en Venezuela. Losinformes, que no son mi fuerte, se acumulaban sobre la mesa de la habitación de mi hotel. Prefería, les soy sincero, desplegar mis encantos personales en el bar del hotel antes que encerrarme en mi habitación para redactar historias que el Gobierno ya conocía; tengan en cuenta que hablaba a diario con José María, de nuestras cosas, pero siempre comentábamos algo sobre Venezuela. Una noche, mientras le instria al camarero cómo preparar un gintonic como dios y yo mandamos, se acercó Margarita hasta la barra y pidió un Martini Hemingway, corto de vermú y largo de ginebra. Tres gintonics y cinco Martinis Hemingway después -los espías privados trabajamos rápido- ya nos habíamos contado nuestras respectivas historias y Margarita se había ofrecido para redactar los informes que tenia pendientes. A la mañana siguiente le ofrecí trabajo como secretaria.

Aceptó. A sus cuarenta años no confirmados, Margarita nunca había tenido un trabajo de mesa y horario, circunstancia ésta que me advirtió. No importa, le dije, aprenderás. Lo sé, me contestó, pero impongo una condición innegociable: no cobraré; tengo suficiente dinero como para jubilarte en una isla del Caribe.Acepté.
Esta es la pequeña historia de cómo conocí a Margarita Ricchi, una mujer que trabaja sin cobrar y ha publicado tres libros sobre criminología aprovechando que apenas tiene trabajo en mi oficina. La mujer, en fin, que ha sido la causa de las constantes visitas de mi amigo Goran – un mafioso albanokosovar de éxito asentado en la Costa del Sol- al Búho Bizco. Gran decepción. Pensé que venia por la amistad que nos une, pero no. Esta ya es otra historia.