Una bodega de vinos ha convocado un concurso de relatos cortos en Facebook. El tema central es el beso. Desde que lo supe tengo una duda que me permite dormir dulcemente, pero duda al fin y al cabo: ¿Quién mejora a quién, el beso al vino o el vino al beso?
-Lo margo, Jota, es no recibir un beso -es Lola, la camarera del Búho Bizco, que tiene la comprometedora costumbre de leer mis pensamientos.- Deja que te cuente una historia.

Próspero y Soledad se casaron a la muy prudente edad de treinta años él y veintisiete ella. Próspero, un joven inteligente y emprendedor, tuvo tiempo de llegar al matrimonio con una considerable fortuna que Soledad disfrutaba de manera ordenada y juiciosa. Tuvieron tres hijos: Junior, el mayor, aplicado en los estudios y futuro director de las compañías de su padre; Rocio, dulce y hermosa como su madre, que tonteaba con Hereus, el hijo de unos amigos de la familia y propietarios de una centenaria bodega de vinos; y el benjamín, Alex, la alegría de la casa y orgullo de su madre. Era una vida perfecta, sin sobresaltos. La familia se codeaba con lo mejor de la sociedad capitalina, les invitaban a fiestas, eran considerados por los banqueros, los proveedores y por todas las boutiques que la ciudad. Soledad, con su hermosura y compostura, era la envidia de las señoras que querian pasear con ella por los jardines del exclusivo casino sólo para socios. Una noche regresaron a casa después de una fiesta benéfica y Soledad, como solía hacer, calentaba un vaso de leche en el microondas para su marido. Hoy no, querida, le dijo Próspero, hoy voy a dormir sin problemas, estoy muy cansado, buenas noches, querida. Y le dio a su mujer un beso en la mejilla. Ella lo miró en silencio mientras su marido caminaba hasta la puerta de la cocina. Antes de que la pudiera cruzar, Soledad lo llamó: Próspero, quiero decirte algo. Él se detuvo, se giró y esperó que hablase su mujer. Tengo cincuenta años, comenzó a hablar Soledad, y he llevado una vida muy cómoda, Próspero; tenemos una casa fantástica, un apartamento en la playa, coches, los mejores colegios para los niños, unos hijos maravillosos, nunca peleamos…pero quiero el divorcio, sólo el divorcio, no pretendo dinero, ni bienes, solo un divorcio sin conflictos, como nuestra vida. Próspero la miraba en silencio, con el rostro serio, los ojos abiertos y una pregunta que se le podía leer en los labios: ¿Por qué?
-Por los besos, Próspero, por los besos
-¿Qué besos?
-Los que no me has dado, los que no nos hemos dado. Los besos de pasión, los besos que buscan los labios del otro, los besos que me comen la boca, los besos que absorben el alma y aceleran el corazón. Por esos besos que no hemos tenido, Próspero, por los besos de la vida que hemos perdido por el camino es por lo que me quiero divorciar. Porque aún los podemos encontrar, pero no aquí, no nosotros con nosotros.
-Por los besos, Próspero, por los besos
-¿Qué besos?
-Los que no me has dado, los que no nos hemos dado. Los besos de pasión, los besos que buscan los labios del otro, los besos que me comen la boca, los besos que absorben el alma y aceleran el corazón. Por esos besos que no hemos tenido, Próspero, por los besos de la vida que hemos perdido por el camino es por lo que me quiero divorciar. Porque aún los podemos encontrar, pero no aquí, no nosotros con nosotros.

Lola calló y se dispuso a preparar un gintonic mientras susurraba…¿Jota, tú crees que los besos perdidos se pueden encontrar?
-No lo sé, Lola. Tal vez el inspector Gracia…creo que es el único que los puede encontrar.
-No lo sé, Lola. Tal vez el inspector Gracia…creo que es el único que los puede encontrar.

