Las bisagras del Búho Bizco

Para una mejor comprensión de lo que ocurre en el Búho Bizco, es conveniente asomarse aquí y aquí

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Dejé caer el cigarro y lo aplasté con rabia. Hay que joderse -me dije- ni que esto fuera una catedral. “Esto” es el Búho Bizco, la taberna con pesadas puertas de madera apenas sostenidas por unas oxidadas bisagras que gimen cuando un nuevo parroquiano las abre. A mi me gusta, cada vez que empujo la puerta,greeee…greeee, tengo asegurada la expectación de los ociosos clientes del Búho. Son mis quince segundos de gloria. Pero ayer no, ayer entré, salí y volví a entrar sin que nadie se girara. Se habían formado cuatro corros de desocupados; dos en las mesas, uno al principio de la barra y otro en medio del local que murmuraban mientras dirigían disimuladas miradas al final de la barra, la parte oscura, donde Thomas, inclinado desde el interior de la barra, cuchicheaba con un tipo al que no podía distinguir. Busqué a Lola con la mirada. Estaba en el centro de la barra, sonrisa en los labios y brillo en los ojos.

-¿Qué pasa hoy aquí, Lola?
-El que está en la penumbra hablando con Thomas es el inspector
-¿Gracia?
-Sí, y ya sabes, con lo de los asesinatos…
-¿Qué asesinatos?
-¿Dónde has estado metido, Jota, no te has enterado de los crímenes, del enano y el botón rojo?
-¿De qué hablas, Lola? Vengo de Italia, viaje de trabajo, y todo esto me coge de nuevas.

Me puso al día mientras me servía un gintonic. En realidad -concluyó- todo son especulaciones, porque el inspector solo habla con Thomas, y ya conoces al jefe: no suelta prenda.

Lola, eso me gustaba pensar, estaba más interesada en mis historias:
-Pero bueno, Jota, ¿y qué hacías tú en Italia?
-Trabajo. Lola, trabajo. En realidad una bobada, pero la cosa no está para dejar pasar un encargo. El trabajo está muy malo, Lola. Los ministerios recortan cada día más, apenas tienen presupuesto para espiar, y menos para contratarnos a nosotros, a los espías privados.
-¿Por qué no te dedicas a perseguir a mujeres infieles, a empleados que se escaquean del curro o a puteros, por qué no trabajas de detective privado?
-Soy espía, no detective, Lola. He trabajado para todos los gobiernos de este país desde hace treinta años. Hasta que me han echado, bueno, ellos dicen que han exteriorizado los servios de espionaje por recortes presupuestarios. Soy un espía autónomo, Lola. Yo vigilo gobiernos, bandas terroristas y grupos de presión, no a mujeres despechadas o a hombres astados.
-¿Y qué espiabas en Italia?
-No puedo hablar de mis misiones, Lola. Pero bueno, este caso ha sido una perdida de tiempo. Se lo dije al Ministro plenipotenciario: mire, ministro, le puedo pasar ya el informe, sin ir a Italia, sin investigar. Parece que no conoce usted a los políticos españoles, ministro. Y efectivamente, Lola, no hay indicios de que alguien del Gobierno patrio esté metido en las fiestas de Berlusconi. No, las correrías del italiano no van a salpicar a los españoles.
-Ya, ¿y cómo sabes eso antes de investigar?.
-A los españoles nos corrompen por el bolsillo. Los asuntos de bragueta los resolvemos en privado. Dudo mucho que un ministro se deje llevar por una sobrina fantasma de algún sátrapa africano. No nos dejamos embaucar tan fácilmente

Lola me miró, sonrió y me cambió el gintonic viejo por otro fresco.
-Dime, Jota -arrastraba las palabras, las ralentizaba, las dejaba reposar con un tono bajo y suave- ¿dónde está tu botón rojo?
-Confío que me lo regalen, Lola. Espero que me lo pongan despacio, con mimo; que elijan, por mi, dónde colocarlo y cómo sujetarlo.
-Jota, advierto cierto acento italiano..
-Ya sabes, soy de letras…estudié latín.

-¡¡Jota!! -mi nombre resonó con fuerza y me devolvió la mundo real, era la voz del inspector
-Inspector, un honor saludarle
-Permita que le regale un botón rojo, tan de moda últimamente…




El sonido de los goznes, greeee…greeee, interrumpieron
al inspector. Nos volvimos. Nada, espera, sí; bajamos la vista y vimos la pequeña figura de lo que pare
cía un niño corriendo como si le persiguiera el diablo…