He leído la noticia sobre la extremada delgadez de la candidata de Australia a Miss Universo, Stephanie Naumoska, y las opiniones de unos y otros sobre el tema y no he podido evitar acordarme de mi adolescencia.

Más allá de mi evidente postura en contra de certámenes de belleza como el de las Mises y los Mister y dejando al margen el debate sobre si la delgadez de esta modelo es natural o enfermiza (dicen que en esa Isla son de huesos pequeños), he de decir que suelo soldiarizarme con las delgadas ‘enfermizas’, porque yo lo fui. Delgada, se entiende, no enfermiza.
Desde los 16 hasta los 28 que di a luz era una mujer de 1,60 de estatura (claro está, no 1,80) y 42 kilos de peso. Muy delgada. Comía como una cosaca, me gustaba mi cuerpo, no tenía en absoluto trazas de estar provocándome el vómito o cualquier otro trastorno alimentario, pero no dejé de escuchar de unos y otros constantemente las dos horribles palabras: delgadez enfermiza.
Y es que los seres humanos tendemos a mirar nuestros propios miedos, nuestros propios complejos y hasta nuestras propias carencias en el espejo del otro . Esa constante manía de esta sociedad de juzgarlo todo, de pasarlo todo por el tamiz de la crítica banal, superficial, carente de rigor y de reflexión.
Ya está bien: muchas adolescentes no serían anoréxicas ni bulímicas ni estarían descontentas con sus propios y maravillosos cuerpos: gordos, flacos, barrigudos, de culos caídos, multiformes, pluriformes y encantadores si nuestras tías, tíos, abuelas, amigas/os, madres, padres, vecinas, tenderos,… se hubieran guardado los picajosos comentarios de ascensor y cola de frutería: Uy, te veo más delgada ¿Estás enferma?… Cotilleen con sus cuerpos no con los nuestros.
Y ya para terminar mi reflexión les recomiendo a todos y todas una maravillosa lectura que les abrirá bastante los ojos. Se trata del libro ‘Mi cuerpo es un campo de batalla’, del colectivo Ma Cólere.

Ma Colère, nombre escogido para ser colectivo, evoca una canción en la que Françoise Breut se pregunta “¿qué ha pasado con mi ira?”. La ira, esa emoción que por excéntrica e inmoderada nos está prohibida a las mujeres. Frente a la ira, patrón de todo lo maligno, las mujeres debemos modelarnos en torno a la “moderación”. sentir moderadamente, pensar moderadamente, decir moderadamente, comer moderadamente, existir moderadamente. Mi cuerpo es un campo de batalla ha sido el espacio artístico de encuentro de un grupo de mujeres, el colectivo Ma colère, que han decidido reapropiarse de su ira para atreverse a redefinir su propio cuerpo, su propio ser de mujer “inmoderada”, mujer en justa ira (o sano cabreo) transformando autoprejuicios en pulsión creadora.
Ellas pretenden transformar la relación con el cuerpo. En Mi cuerpo es un campo de batalla, palabras y fotografías se dan la mano para reflexionar sobre asuntos como la anorexia, la bulimia o el sexismo, y de paso romper con los cánones vigentes sobre qué es tener un cuerpo perfecto. Menos frivolidad y más aceptación del cuerpo propio es lo que reclaman.
Lo que reclamamos las mujeres.
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