Llegué ayer de mis primeras vacaciones del año. Probablemente la última también, la cosa no da para más. He estado en Valencia. La capital del Turia que ya no tiene Turia. Pero es preciosa. Ya había estado antes por motivos de trabajo y no me gustó. Esto es otra cosa. Pasear por la plaza del Ayuntamiento, visitar la catedral, la lonja, la ciudad de las artes y las ciencias, el Bioparc, al albufera… Aunque también hay cosas a las que no termino de acostumbrarme. Sobre todo al tráfico. En Ibiza nos quejamos del volumen de coches durante el verano, la velocidad excesiva de muchos vehículos, que los coches no respeten las aceras o los pasos de peatones. A veces perdemos un poco las perspectiva. Eso sí. Hemos tardado menos en cruzar Valencia que en aparcar en mi barrio.
Otra de las cosas que me han sorprendido han sido los precios. Cuando se habla de turistas parece que hablamos de tontos. Como si uno no supiese lo que cuesta una barra de pan. En especial en la albufera. Diez euros por cuatro trozos de pan con un chorreón de aceite es para pensárselo. O incluso en el mismo centro de la ciudad. De comer como un rey a precio de costo a comer mal, poco y a precio de yo aquí no vuelvo. Supongo que lo mismo deben pensar los propietarios. “Total, si éste no vuelve”.
También resultaba sorprendente la pasión de los valencianos por los centros comerciales. Demasiadas franquicias para mi gusto. En Ibiza las únicas franquicias que he visto funcionar son las de hamburguesas. Claro que también son las más económicas.
Lo que he echado de menos, mucho de menos, es la tranquilidad. Ahora mismo no pasa ni un sólo coche por la calle, y vivo en Ibiza ciudad. Pero si aún quisiese encontrar menos gente, tan sólo tendría que bajar hasta la playa. Ahora toca trabajar, tal vez la mejor forma de recuperarse de las vacaciones. A mí tanto estrés me puede.

