Lejos quedan los tiempos del obispo Setién, de infausta memoria para las víctimas de ETA, que en general era todo el pueblo español. Un obispo que parecía establecer una cierta equidistancia entre asesinos y víctimas inocentes, que aconsejaba a sus párrocos que no celebraran funerales por las víctimas porque «constituían actos políticos», que, si se encontraba en la calle
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