El césped acolchonado llamaba a gritos a nuestros cuerpos. Lo riegan cada mañana, pero en verano el sol es tan fuerte que antes del almuerzo ya no queda ni una gota de agua. Nos encantaba pasear a la sombra de la realeza. Cada día me traía una cerveza. Al principio no me gustaba. Tampoco él. Pero cuanto más bebes…
Ambos nos dejamos caer sobre la hierba. Olía a verano y contemplamos la celeste belleza que no me deja abandonar esta ciudad. Dimos los últimos tragos y, apoyada en su tripa, escuché la melodía.
Fue rápido. Se escucharon gemidos a un ritmo constante. Una pareja se desataba a unos metros. Le miré y me dijo sonriente: Todas caeis. Será por el sitio.

