CUADERNOS DE HISTORIA Y LITERATURA

Pensamientos, opiniones y reflexiones

CARTAS DE VICENTA LORCA A SU HIJO FEDERICO

Hace unas semanas recibí un hermoso regalo. Se trata de un libro que se publicó el año pasado y que lleva por título, “Cartas de Vicenta Lorca a su hijo Federico”.
Quien me regaló el libro conocía de antemano mi admiración por el poeta, pero también sabía que era especialmente sensible a cuanto tuviera que ver con Granada. Por todo ello, hallándose de viaje por aquellas tierras, en la visita que efectuaron a la “Huerta de San Vicente”, residencia veraniega de Federico (hoy Casa-Museo), no pudieron resistir la tentación de adquirir este Epistolario. Se lo agradezco de todo corazón.

Que porqué llevo a Granada en el corazón? Bueno… mis padres, mis abuelos, eran granadinos. Yo, de hecho, ni nací ni viví en Granada, pero para sentirla como propia no es necesario ni una cosa ni otra. Las raices nacen con las afectos, las vivencias, las costumbres compartidas y, especialmente, con las palabras. Y crecen con el tiempo, a través de los recuerdos y la nostalgia. Formar parte de ese universo, te ancla con una fuerza descomunal a esa tierra imaginaria.

Al cabo de los años, tras la muerte de nuestro padre, viajé con mi hermano a esos lugares tan evocados. Emprendímos el viaje para reconfortar nuestro espíritu, para pacificar nuestra alma inquieta todavía por la pérdida, consumar un sueño legendario aunque fuera ya tarde, y para devolver con amor y con lágrimas tanta deuda contraida. El reencuentro con aquel lenguaje suave, sereno y elegante nos estremeció y nos devolvió, por un instante, al pasado.

Recuerdo también un viaje posterior en el que visité la “Huerta de San Vicente”, una casa de pueblo cómoda, sin lujos, donde la existencia debió de transcurrir de forma sosegada. En ella, Doña Vicenta puso “…la discreción y la delicadeza de lo superfluo, el adorno, los paños ribeteados de puntilla sobre los muebles, las fundas de los sillones, la gasa rosada de los espejos y las lámparas, los cuadros con grabados antiguos, la estantería de los libros y … el piano” (Introducción. Victor Fernández).

Esa mujer callada, discreta, amable, cariñosa, de modales suaves, nos ofrece a través de sus Cartas, el reflejo, en su mirada, del propio Federico. Con palabras sencillas, aconseja, le recrimina con firmeza, sin dejar de acariciarle. Fuerza y ternura en perfecta armonía.

En la mirada de Doña Vicenta aparece un Federico alegre, bueno, moral, temeroso, impaciente. Felix Bello añade que a veces estaba como ausente y que frecuentemente tenía ráfagas de melancolía.

Doña Vicenta alienta a su hijo a ser constante, ordenado, a no perder el tiempo:

“… no quiero que abandones lo tuyo, lo que te gusta, ni decaigas en tus aspiraciones hasta que consigas, si Dios quiere, todo lo que tú deseas”

“…que seas constante y que no dejes nada para mañana, que éstas condiciones hay que unirlas al talento, para conseguir tus aspiraciones”

“… y principalmente que no pierdas el tiempo, porque una vez pasado no vuelve más”

Pero lo que más le duele a Doña Vicenta es que tarde tanto en contestar sus Cartas. Qué madre no sufre por un hijo ausente. Desea tener noticias permanentes de él, cuidarlo desde la distancia, aconsejarle hasta en los pequeños detalles. Federico correspondía con tardanza. Ansiaba volar por sí mismo y no le agradaba, con seguridad, la pesadez y la excesiva protección de su madre, a pesar de que la amaba:

“… Nos tenías intranquilos y con mucho disgusto por tardar tanto en escribir”

“…Me dices que amenude con mis cartitas”

“…no dices una palabra. Ésas son tus cosas a las que no se puede una acostumbrar”.

La “alegria” de Federico está siempre presente. Una alegria contagiosa que Doña Vicenta y su marido deseaban tenerla a su lado en los años de la vejez:

“… eres el hombre que siempre lleva la alegria contigo, y eso es tan hermoso que a los que tienen ya cierta edad, como tu padre y yo, nos hace mucha falta tener a nuestro lado personas así”.

Pero por encima de todo, un sentimiento compartido:

“… no descuides tu Literatura, que para mí tiene más importancia que todas las carreras, o, mejor dicho, ésa es la carrera por excelencia para ti y para mí”.

El gran poeta llegó a altas cimas no sólo por su talento y su sensibilidad. Doña Vicenta fue siempre el aliento, el estímulo y el amor que lo hizo posible.