Vuelve a Alicante el fútbol de verdad

Hoy a Alicante vuelve el fútbol de verdad. La pasión y el orgullo del que se siente observado porque lo que hace importa, y mucho, a los demás. Hoy la capital de la Costa Blanca y la provincia entera se rencuentran con la Liga, con una parte importante de su historia. Y aunque muchas cosas han cambiado en las tres últimas décadas, es día para volver a saborear sensaciones olvidadas o recordadas con nostalgia durante años.

No habrá bar, cafetería ni barbería en la que no se hable del partido mientras se ojean las páginas de la prensa local y, qué gustazo, nacional. Calma y distendida espera hasta la hora del café y la copa previa a la marcha hacia el Rico Pérez. Campoamor, Doctor Rico o Conde Lumiares. Avenidas repletas de gente dicharachera y orgullosa que acude junta y en armonía a uno de los diez estadios donde se juega la jornada de la competición de más lustre del planeta. En ellas desembocarán los afluentes de las calles de barrios de afición con solera: Carolinas, San Blas, el Pla o La Florida. Las mismas por las que tantos pasearon sus camisetas de tela, banderas blanquiazules de paño y mástil de madera, gorros de escudos bordados y trompetas que luego resultaron llamarse vuvuzelas. Padres que llevarán a sus hijos de la mano, de la misma forma que ellos iban del suyo, ahora abuelo, hace 30 años. Olor a puro, efluvios de coñac, crugir de pipas.

Saltarán los 22 jugadores juntos al campo, pero será como si lo hicieran sólo los 11 de casa mientras resuena el “¡Macho Hércules” por la megafonía. Y en el remozado coliseo, mientras se juega televisadamente el encuentro, bastará cerrar unos segundos los ojos para ver allí mismo ese multimarcador manual, faro del aficionado en jornadas frenéticas, que hizo conocidos tantos negocios en la ciudad. Recuerdos de chascarrillos repetidos en carteles y cuñas radiofónicas: “Los goles en la red, las obras con Ecisa”,“Es verdad, no es mentira, Alicante huele a cafés Tavira”, “Al precio no le tema si lo ofrece Silocema”, “Compre un reloj Espinosa y no piense en otra cosa”.

TAMBIÉN DESDE LA DISTANCIA

Por Gustavo López Sirvent

Riadas de recuerdos se agolpan en mi mente cuando pienso cómo llegué a sentir el orgullo blanquiazul. Fue gracias a mi tío, que en paz descanse, que me llevaba al fútbol domingo tras domingo a ver a los Kempes, Petursson, Herbera o Espinosa (me encantaban su camiseta y sus guantes) entre otros. Una vez conocí a Fausto, el mítico aficionado del paraguas, que me daba miedo con aquella voz rota que no paraba de gritar ¡Hércules, Hércules, Hércules! Disfrutaba como un enano con la peña El Tambor y cómo hacían rugir al estadio con sus bombos que no paraban de sonar durante los 90 minutos del choque. Y como no, con la peña Las Banderas, ya que nosotros veíamos los partidos en el Fondo Norte. Sus cánticos siempre serán inolvidables, como inolvidables también era aquel marcador manual repleto de anunciantes que tardé poco en entender. A falta de transistor te informaba de si había habido un penalti en La Condomina o expulsión en Las Gaunas. Siempre quise conocer a aquella gente que cambiaba los marcadores simultáneos porque me parecía interesante saber cómo lo hacían (cosas de niños).

El servicio militar me privó de vivir la campaña 96-97, pero también disfruté viendo a Rodríguez poner en jaque a todo un Camp Nou, y me sonrojé cuando, una vez descendidos, se celebró el triunfo ante el Barça en el Rico Pérez como si hubieran ganado la Liga. Las tan cacareadas primas tuvieron la culpa, como casi la tienen este año. Menos mal que se quedó en el casi. Se cometieron multitud de errores. Empezando desde el banquillo (Brizc, Quique Hernández, etc) siguiendo por los jugadores (Huard, Longhi, Artner, Morant y compañía) y acabando por la directiva.

Ahora, 25 años después de mi primera visita al estadio herculano, me tocará disfrutar desde la distancia el regreso del Hércules a Primera, pero lo haré como si estuviera cada domingo en el Rico Pérez, como si tuviera que dar mil vuletas para aparcar o andar desde casi Los Ángeles para llegar al estadio, de aspirar hondo el olor a césped mojado o de gritar con cada gol herculano, porque eso se lleva en la sangre.

Ojalá podamos vivir muchos años entre la nobleza del balompié patrio y que los niños que ahora acudan retengan en sus retinas cada partido, cada momento o cada tanto que vean en nuestro estadio, porque cuando crezcan verán que la grandeza de este club no tiene límites porque Alicante se lo merece. ¡Que empiece el espectáculo!

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