Tristán

Me enamoré de ella desde el preciso instante en que desembarqué de aquel galeote. En las atarazanas, frente a la muralla que la rodeaba, me embriagó su aroma, su cielo, su atarceder rojizo, sus calles llenas de débiles y centelleantes luces, el trasiego de gente de un lado a otro. Decidí atarme a ella por
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