Acabo de venir de una reunión en la cual dentro de un grupo que se formó espontáneamente, surgió una pequeña discusión acerca de la soledad o no del o la soltera, de si es o no una persona más o menos feliz que una casada o un casado.
Empezó porque a una de las chicas un compañero (casado) al que no veía hace tiempo le preguntó que como había pasado los festivos desde la última vez que hablaran. Y cuando ella le dijera que muy bien, que había salido con unas amigas y entre cena, conversación, risas y cine, la pasaron genial, él le había dicho que “entonces se juntaron las solteras amargadas”. Y claro que se sintió ofendida y algo herida también por ese concepto de soltera=amargada, como si el binomio casada-feliz fuera una verdad absoluta y suficiente como para disminuir el valor de ser una mujer por ser soltera, una soltera que como toda persona se esfuerza por ser feliz. Aunque lo haga sin una pareja al lado. Aunque también muchas veces desearía tener una al lado, una persona (si es heterosexual la mujer, querrá sea un hombre) con quien salir, con quien tener una relación amorosa a largo plazo, con quien planear actividades a futuro, incluso a largo, largo plazo, una persona con quien ver anochecer y amanecer.
De modo que el tema de discusión del corrillo fue si ser soltera o casada hace más o menos feliz a alguien; si de verdad ser soltera equivale a ser amargada. Y claro hubo más de una postura. Y las personas solteras defendían que la soltería era un estado ideal de libertad y libre de preocupaciones que cualquier casada envidiaría y que no lo perderían sin pensarlo por lo menos cuatro veces.
Y sin embargo en el fondo las solteras (y sigo hablando de solteras, porque eran chicas las que iniciaron la conversación y las que lo siguieron con interés), desearían (desearíamos) poder ser también casadas, o por lo menos poder presumir de tener una relación de pareja que las llene de satisfacción (esa satisfacción que se nos enseña se obtiene de una relación que nos “complete”), poder contar también que han tenido una velada romántica con sus novios, aunque nomás no sea porque los demás se mueran de envidia por la felicidad que se supone destilarían por el hecho de tener una pareja, tener una relación, ser una mujer casada.
He pasado mucho tiempo (yo también) deseando poder (yo también) presentar a mi novio, con el que llevo una feliz relación porque ambos estamos enamorados el uno del otro, pero como no puedo hacerlo, ya que no tengo ese novio, tuve que aguantarme muchas bromas hirientes, incluso de gente que “te quiere”, además de la secreta envidia que te encoge el corazón al ver a dos comiéndose a besos en cualquier lugar, ¡esos benditos que comen pan frente al hambriento!.
Sin embargo, sí, lo peor son esos ataques maliciosos acerca de lo amargada que debes ser por no tener novio, o esas fingidas compasiones “¡tú que eres tan linda!”, en fin, que tienes que centrarte sola en tus convicciones, porque al final, a veces te sorprendes dándote cuenta de lo decepcionadas que están de sus mismas vidas aquellas personas que gustan ridiculizarte por ser soltera. Y te enteras de como la tal engaña a su marido, tan casada y ninguno de sus hijos es de su marido; o como otra sufre porque el marido deja a su paso una estela de rumores de líos amorosos.
Así que te das cuenta de que no es “porque te quieren”, quizá en el fondo te envidian que seas soltera y no hayas aceptado un matrimonio solo por tener miedo a estar sola, quizá hasta envidien tu valentía, pero preferirían morirse antes que reconocerlo!


