100 años de la Gran Vía y lo que te rondaré morena.

Hará un año en Semana Santa cuando con varios amigos, paseando por Logroño fuimos descubriendo una avenida llamada La Gran Vía, como también hay otra Gran Vía en Barcelona y en otras ciudades españolas. Pues dícese que una Gran Vía es como muy bien su nombre indica: una gran avenida.

Pero como Gran Vía propiamente dicha y así nombrada la madrileña que se abre paso entre la calle Alcalá por el edifico Metrópoli hasta la Plaza de España teniendo como escenario al mítico rascacielos Torre de Madrid. Y es que según dicen los cronistas modernos, esta arteria urbana ya está a nada de cumplir cien años.

Un siglo, desde que el rey Alfonso XIII, con un simbólico golpe de piqueta de oro diera por comenzadas las obras del trazado de esta Gran Vía. Cien años, ¿sólo?, ¿con leche, cortado o manchado? Y lo que nos queda por ver y andar.

La Gran Vía, la que nunca duerme, la cosmopolita, la variopinta, la plural, la más democrática de las vías de Madrid. Donde el mendigo duerme al lado de un teatro entre cartones en un saco de dormir y un pequeño calefactor en invierno, los pocos limpiabotas que aún sobreviven, los vendedores del top manta con un ojo puesto en la calle para salir huyendo en cuanto aparezca la policía y como presas huyendo de sus depredadores que les acechan, escapan como alma que lleva el diablo. Los traseuntes de todo tipo y condición, los que simplemente se pasean buscando algún sítio donde guarecerse, tomar un café, comer o cenar, hacer compras, quien sale o va trabajar, quién observa la arquitectura de los edificios, la que o el que te para para hacerte una encuesta, los que observan curiosos los escaparates…los carteristas, los heavys, los famosos y famosillos, políticos, artístas de todo tipo y pelaje, los autobuses de la EMT y Madridvisión, taxis, limusinas, y demás vehículos. El filo entre la libertad y el libertinaje a veces es muy fino.

Son calles míticas que te obligan a caminar ora deprisa, ora despacio, mirar y admirar la belleza de sus edificios, atreverse a contar los pisos de la Telefónica y tener cuidado de no ser atropellado por quien decide moverse en una sola rueda u otro artefacto parecido. Porque de todo hay en la Gran Vía. Del pío Oratorio de Caballero de Gracia al más libertino barrio reconvertido en barriada gay de Chueca. Y es que en esa Gran Vía cabe todo y de todo y para todos. Sin duda es la vía más democrática de todo Madrid.

Solo cien años de Gran Vía…. y lo que te rondaré morena.