Una tarde de Mayo

Una tarde de mayo

Me gustaría tener sus ojos para no ver los frenazos que, de tanto en tanto, da el planeta. Me gustaría mirar con su mirada para no apreciar los revolcones que, inesperadamente, me dan las derrotas del desamor. La perfección de sus rasgos orientales hace que sea imposible, biológica y físicamente, mantener abiertos los párpados mientras se ríe, y así dejar de ver las cosas que nos pudren y condenan minuto a minuto.

Thank you for your gifts, me dijo al despedirse. Gracias a ti por tu presencia, pensé, mientras se alejaba flotando con ese caminar pausado e imperceptible, casi sin levantar los pies del suelo, el cual no hace balancear sus delicadas caderas, ni su lamida melena, ni sus pechos incipientes.

A punto estuve de ir al aeropuerto para ver como te perdías en el aire, aunque sabía que no te conseguiría; a punto estuve de ir a espiarte por otra última vez, aunque presentía que me volvería a doler el músculo interior que tengo entre los pulmones, anegados de tanto tabaco, y me pondría a llorar como siempre por otro amor perdido.

Aivy tiene la sumisión perfecta de las geishas, aunque haya nacido en una isla oprimida. Camina erguida y con pasitos inapreciables, como si levitara, con las manos detrás y una sonrisa dulce y suave, como si estuviera educada para ser siempre la segunda. Mientras ríen sus ojos asiáticos se cierran completamente, y pierde de vista el mundo durante unos segundos, luego, cuando deja de reír, se abren y vuelve a aparecer la misma mierda cotidiana. Y yo estaba allí, en medio de toda esa mierda, para enamorarme de ella y soñar con invadir Taiwán para raptarla. Quisiera esconderte en un lugar en el que solo yo pudiera hacerte reír eternamente, y no lograras vislumbrar lo mal que nos van las cosas a todo el mundo.

Y como siempre unas últimas palabras que me quedarán grabadas perpetuamente en mi memoria, entre toda la basura que tengo que escuchar cada día: Thank you for your gifts. Gracias a ti por esa sonrisa y esa ternura magnética que me tumbaron el corazón durante seis días, mi mejor regalo de cumpleaños en estas cuatro décadas que he vivido sin ti.

La florista tuvo la misma cara de sorpresa que Inuk el esquimal, cuando pescó su primera piraña bajo unos iglúes semiderretidos en aquellos años del calentamiento global. Entré en una tienda de flores y encargué que enviaran un ramillete de jazmines a Taiwán, a casa de Aivy. La dependienta me pidió la dirección, los apellidos, el código postal y una fortuna por adelantado; cuando les dije que ni conocía los datos, ni tenía el dinero, es cuando puso aquella cara. Yo insistí en el envío, porque era mi locura particular de aquella mañana calurosa de domingo de mayo, y ella insistió en mirarme como los animales del zoológico miran a sus cuidadores cuando les dicen tonterías, sabiendo que ellos son más fuertes pero están muertos de miedo. Al final salió de la trastienda el mozo y me dijo que me fuera a buscar las flores en el agujero de su culo y que los llevara yo personalmente a putochangai. Quise corregirle el destino, dibujándole con el dedo un pequeño mapa físico, sobre los cristales empañados de la vitrina de las orquídeas, para situarle la isla de Taiwán en el Pacífico, y Shangai está en la orilla de un río donde se mean miles de chinos cada noche, tras los intermedios publicitarios de alguna película prohibida de Jackie Chan. También le advertí que si en su culo brotaban una flores tan delicadas debería tener cuidado al sentarse, sobre todo para no dañar los pétalos.

No me explico cómo adivinaron los portugueses que Aivy nacería en Taiwán cuatrocientos diecisiete años después. No puedo descifrar como lo supieron aquella tarde de verano, cuando un galeón de tres palos, dos puentes y setenta y cuatro cañones británicos, llego arrastrando kilométricas guirnaldas de algas hasta un ancladero de postal caribeña, de anuncio de champú. Amarró frete a Taichung, un puerto húmedo de montañas verdes y negras. El primero en oler el peligro fue aquel vigía loco. Subido en la cofia del buque, vió a una nativa protomalaya corriendo entre las palmeras, cargaditas de ananás maduros, él silbó, admirando su grácil huida, ella se giró y le mostró su blanco rostro, su obscura melena, su sonrisa subordinada y sus ojos entornados. El pobre ojeador percibió la muerte con aquella visión y cayó desde lo más alto del palo de mesana, aullando conjuros e invocaciones en lusitano antiguo, enredándose y golpeándose con la cangreja, el trinquete y el bauprés. Desparramado en la cubierta, moribundo entre cabos, chicotes y jarcias, aun repetía: formosa, formosa, pereciendo por volver a verla. Si los demás marinos no los hubiesen contemplado con el silencio de los descubrimientos no habrían acabado bautizando con el nombre de Ilha Formosa (Isla Hermosa) aquel lugar.

Resististe bien mi acoso mis regalos, mis muecas, mis ataques visuales, todas mis oxidadas armas. Me rendí pronto, aunque por dentro sigo lidiando. No recordé que ya tenías experiencia, como aquel fallido asedio a Jilong por parte de unos piratas españoles en el siglo dieciséis.

NOTA: no fui capaz de encontrar jazmines en Mayo, ¿están prohibidos? ¿hay restricciones florarles?