Europa, 14 de febrero de 2010
Querida Yer:
Te escribo desde el otro lado del mundo, muy lejos de ti, con este invierno europeo, frío, lluvioso, que nunca se acaba. Si estuvieras acá sería siempre primavera, escucharía las voces de algodón de los niños hacer eco en el patio de los vecinos y yo te miraría doblar la ropa, sin saber en qué universidad aprendiste a perfeccionar ese ritual.
Me levanto por las mañanas en esta habitación ajena y veo que tu ausencia duerme en el lado izquierdo de la cama. Desde que nos acostamos cada uno en un continente mi estomago se encarga de hacerme caer en la cuenta que estoy solo, me hace nudos marineros con las tripas y deja encarcelados unos pequeños dragones que me martirizan los intestinos, justo cuando el retrete esta ocupado.
No te veo en el hueco inexistente de tu lado del colchón. Quiero esbozarte pero no puedo, la fotografía que guardaba de ti en mi cartera ha ido diluyéndose con los días, como los veranos de nuestra adolescencia. Quiero intuirte pero no me atrevo, porque la imagen que tenia de ti en mi cabeza se mezcla con los avatares de estos nuevos tiempos.
No me acuerdo de qué color son tus ojos, ya no se cómo es tu pelo, ni el tono de tu piel, ni el balanceo de tu cintura. Se me está olvidando cómo es tu risa, cómo es tu voz. Con el tiempo y la distancia se me arrinconan algunos detalles y tengo que evocarte. Empiezo a estar preocupado.
Vuelvo a meter la cabeza bajo la almohada, aprovecho cinco minutos más de estas frías sabanas extranjeras y empiezo a soñarte: Te veo en penumbras, recién levantada, la mañana del día de Navidad. Estás desenvolviendo el último regalo que te hice antes de tomar un camino que me llevaría a cruzar medio mundo, es un sencillo osito de peluche. En tu cara asoma el brillo húmedo de tus ojos, te apartas el pelo de la frente con una mano y con la otra te ajustas el camisón mientras ríes sacudiendo la cabeza. En ese momento sopla el aire del mar y la niebla de los olvidos se escapa por debajo de las puertas. Ahora todo está más claro y apareces nítidamente en mi sueño.
Me doy cuenta que tu pelo es azabache liso, distingo que tus ojos son negros intensos. Con el movimiento, alegre y casual, tintinean los collares de plata que cuelgan de tu cuello y empieza el canal mágico de tus senos, mostrándome una piel bronceada, morena como el chocolate, y tu risa es dulcemente acíbar como el café que me preparabas todas las tardes, momentos después de que mi cuerpo imitara el vuelo frenético de la libélula alrededor de tus caderas, que se movían nerviosas e indefensas como una mariposa.
El ruido del mundo y el tráfico de autos que hay tras la ventana me despiertan y me anuncian que empieza otro día más sin ti. Los lagartos de mi estomago están anestesiados y los nudos se han desatado. Pero ahora, al contrario que antes, ya no estoy preocupado, porque miro mis manos y creo ver la sombra de uno de tus lunares prohibidos pegados en mi palma, porque repaso con la punta de la lengua el vértice de mi labio superior y me viene el sabor celeste de tu boca en nuestros besos, porque me invento olores en las esquinas de esta ciudad medieval que me llevan a la cocina de tu cuerpo. Sé que aunque estemos alejados dos avenidas, dos ciudades o dos océanos, tu siempre estarás dentro de mi, en mis sueños o en mis entrañas.
Quiero volver a ti, Yer. Te extraño tanto.

