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Tres características definen la soledad: es el resultado de relaciones sociales deficientes, constituye una experiencia subjetiva ya que uno puede estar solo sin sentirse solo o sentirse solo cuando se halla en grupo; y, por último, resulta desagradable y puede llegar a generar angustia.
Hoy día abunda, es el mal de muchos y la ventaja de otros. Los primeros, los que yo consideraría “los normales” (pues el ser humano es, en principio, por definición, un animal social que necesita del resto de la manada), muchas veces se encuentran en esa situación contra su voluntad. Cada vez es más difícil que los demás se entreguen, compartan o se ofrezcan a sobrellevar cargas ajenas. Los segundos, “los solitarios”, viven la soledad como una libertad que les permite realizar lo que ellos quieran sin ataduras. No son mejores unos que otros, simplemente entienden la vida de forma distinta.
Para “los solitarios” la soledad suele ser algo ideal. Muchos de ellos tienen suficiente con vivir su propia vida como para tener que ocuparse de la vida de otros. Sus camas, vacías, suelen estar libres los fines de semana, pero sólo para un roce momentáneo que les llene ese instante. Es aquí donde muchos de “los normales”, los que no viven la soledad como aliada, se aferran a esa cama fría de una noche con la que poder aliviarse un poco, poniendo incluso, a veces, su corazón en peligro. Es preferible dormir junto a un cuerpo que emane calor, aunque dicho calor provenga sólo de la piel y no del interior.
¿Hay realmente salvación para “los normales” en este mundo en el que cada vez son más “los solitarios”?… yo creo que sí! En ocasiones, sobre todo cuando menos lo esperamos pues ya no creemos merecer que otra alma nos ayude a soportar la pequeña carga de vivir en la piel que nos ha tocado, de respirar en esta nada que a menudo nos envuelve, aparecen los “regalos del cielo” que nunca creímos que existieran y que están dispuestos a acompañarnos y a darse a nosotros en cuerpo caliente y alma ardiente.

