Papá, yo de mayor quiero ser hacker. Estoy seguro de que cualquier día va a ser lo que escuche de labios de mi hija a tenor de lo que estamos viviendo últimamente.
Hace ya un tiempo, el monstruo olfateador de eventos con música también conocido como la SGAE, vio temblar su página durante algunos días ante el aplauso general de un pueblo cansado de ver que muchos se llenan los bolsillos a costa del sudor del prójimo.
¿Y quiénes fueron capaces, cual robin hood del siglo XXI de meter mano a esos poderosos? Sí, justo los que estás pensado, los hackers.
Unas semanas después hemos conocido al Che Guevara de los tiempos modernos, a Julián Assange, que junto a su web Wikileaks está haciendo temblar a los poderosos pese a que los cables revelados se rieguen como las miguitas del cuento Hansel y Gretel, dándonos a todos la sensación de que se guarda el pan como salvoconducto.
Y en esas andaban Visa, Mastercard y otras empresas sucumbiendo a las presiones y bloqueando las donaciones a Wikileaks, cuando nuevamente han aparecido ellos, los discípulos del Tío la Vara, pero en versión 2.0. Los justicieros de la nueva época que cambian la vara por el ratón y que sin necesidad de ver los molinos para arremeter contra ellos, son capaces de parar sus aspas.
Me producen admiración y miedo casi a partes iguales. Si una empresa como Visa es avisada de que van a hackearlos y no es capaz de evitarlo, ¿cómo sabemos que mañana no podrán ponerse de acuerdo y atacar algo que pueda afectarnos directamente?
Celebro que se defienda a Wikileaks, pero me quedo con el Tío la Vara. A él al menos se le veía venir cuando impartía justicia.

