“Lo importante es ponerse a escribir aunque no se sepa que decir“, comentaba Sean Connery(impresionante interpretación la suya) en una película en la que protagonizaba a William Forrester, un escritor que había obtenido el Pulitzer y que llevaba varias décadas misteriosamente desaparecido.
Las razones obvias para ponerse a escribir son, la necesidad de expresarse y que alguien lea lo escrito. Representa una importante terapia, sencilla, y sobre todo, barata, que consigue ensimismar a quien la lleva a cabo con buena predisposición. Incluso – en la película en cuestión se dice – el ritmo de las teclas influye en el estado de ánimo del escritor, y representa una suerte de hipnosis que, llevada a su máxima expresión, puede conseguir limpiar el subconsciente de basuras y recuerdos no deseados; aunque, hoy en día, con el teclado silencioso del ordenador la cosa se presenta un tanto difícil.
Seguir sin prestar atención a nada más, como un músico ensayando una determinada partitura, puede representar uno de los ejercicios más estimulantes que cualquiera pueda emprender. Hay multitud de personas que viven de la escritura (periodistas, profesores, novelistas) que han llegado a desarrollar una enorme capacidad de comunicación a través de ella. No sé muy bien si ello supondrá alguna merma en la comunicación directa, pero aunque así fuera, merece la pena por lo gratificador del acto. Si lo escrito consigue, además de ser comprendido, provocar en los lectores alguna reacción, el/la autor/a puede darse por satisfecho, pues, con ello, se ha cerrado el círculo de la creatividad.
¿Quién pensaría que con un acto tan simple como el de la escritura se puede influir de una manera tan sutil, que casi pasa desapercibida, o tan drástica que provoca pasiones? Bálsamo y arma de doble filo; me gustaría conocer a quien no ha sentido en su conciencia, en alguna ocasión, el aguijón de un escrito certero.

