Allí estábamos, envueltos por las callejuelas de Gràcia, plazas que ahuyentaban a manguerazos a los últimos despiertos, tenue luz color gualda y ambiente calmo. Paseábamos, una noche más, tras la espera frente a la estación, en el banco con mayor poder de convocatoria de la ciudad. Nos sentíamos, en algún rincón escondidos, junto a latas sobre el pavimento y guitarristas noctámbulos. Nos acercábamos a cualquier bar que nos alejaría de la gran ciudad. Llegó la primavera en la plaza Revolució, verano en la del Sol, otoño en los cines Verdi y, en invierno, la calle Mozart nos albergó. Nunca lo decidimos, pero siempre fue nuestro rincón, de mí, de Joan, Quico y después Malu, y del desfile de transeúntes que vendrán. ¿Cuántos más?


