Somos mayoría los que creemos que la Democracia es el menos malo de los sistemas de Gobierno. Bien que mal, asumimos sus reglas y damos por perdidas parcelas de libertad individual, en pro de la mayoría, que a su vez delega su soberanía en nuestros gobernantes.
Cada cierto tiempo, estos, por Ley o circunstancias que así lo aconsejen, se enfrentan para obtener el refrendo popular o para que puedan ser sustituidos por las fuerzas de la oposición, a un sistema de elecciones que puede ser diverso, pero que en definitiva solo pretende eso, mantener vivo el juego democrático.
Mucho ha llovido desde que Clístenes y Solón, estableciesen los cambios que darían paso a las instituciones y desde que estas, a su vez, fuesen evolucionando. Pero lo que se ha mantenido siempre y como requisito indispensable, es la existencia de un líder, de alguien que acertase a ilusionar a aquellos que deberían votarlo, de generar expectativas que impulsasen al electorado a acudir a las urnas y que, en su justa medida nos hiciesen ver como posible, lo difícilmente realizable.
Hoy, lamentablemente, o al menos esa es mi opinión, estamos más en manos de ilusionistas que de auténticos dirigentes. Con el tiempo, el espíritu de generosidad y convencimiento que llevaba a un ciudadano a ofrecerse para cargo público, ha ido degenerando, hasta convertirse en una auténtica profesión, bien remunerada y que abre expectativas, con nada que uno se preocupe, a la hora de regresar al anónimo día a día de millones de conciudadanos.
El caso Obama, creo que es un buen ejemplo de lo que escribo. Premiado con el Nobel de la Paz, al cumplir el primer año de mandato, se enfrenta a todo lo contrario que ofreció. Los estado unidenses, a las primeras de cambio, le han puesto la proa y han pasado de ilusionados a desilusionados, dejando sus promesas como imposibles y a él como mal ilusionista.
Y si eso lo decimos de Obama, ¿qué no podremos decir de nuestro sonriente, fotogénico y vendedor de sueños monclovita? Inasequible al desaliento, incapaz de reconocer sus errores, nos sigue llevando a la ruina, con la constancia del iluminado.
Dijo ¿crisis, qué crisis? Y aquí estamos, con el agua al cuello y sin salvavidas. De todos los Foros, compañero Almunia incluido, le están avisando de que se sigue equivocando, pero el hombre de las dos tardes, no les cree.
Así, que pobres de nosotros. Cada vez con menos esperanzas y por supuesto, con un escaso poder adquisitivo y la terrible sensación de que nos toman el pelo.


