Adiós vergüenza, adiós

Para Aristóteles, la vergüenza y el rubor eran indicios inequívocos de la presencia del sentimiento ético. Era y debería seguir siendo, aquél sentimiento que nos lleva a cumplir las leyes y a evitar conductas corruptas.

Pero basta con echar un vistazo a las páginas de los diarios, o poner las noticias en radio o televisión, para darnos cuenta de que el “tener vergüenza” es algo que llama la atención por poco visto.

En política y en las altas finanzas, los ladrones de cuello blanco, campan por sus respetos, desde la seguridad de sentirse impunes. Para ellos criminal, es el que por estupidez, deja un rastro o se deja pillar con las manos en la masa.

Ellos, en esa línea de considerar el dinero público como de nadie, ni sienten rubor ni bochorno cuando se lo apropian. Han llegado a un grado tal de acostumbramiento, que incluso encuentran justificación para sus conciencias y muchos, ni tan siquiera sepan que hace años que dejaron atrás su dignidad.

Porque tener vergüenza es eso. Valorar la dignidad y el pundonor. Llevar a gala el respeto y la autoestima, de manera que adquieran la firmeza necesaria, para hacerle frente a los embates de las debilidades y carencias de todo ser humano.

Mientras España y con ella los españoles, están inmersos en una crisis moral y económica de difícil valoración, con indicadores económicos que ponen los vellos de punta y los referentes que deberían motivar a la sociedad, desdibujados y manipulados por oscuros intereses. Ellos, nuestros políticos, distantes en su burbuja de poder o en el deseo de alcanzarla, debaten desde la ofensa y la marrullería, el “y tú más” de la canción del corrupto.

Y lo lamentable, es que la opinión pública, anestesiada o dócil, lo consiente y de tan frecuente, llega a considerarlo normal.

¿Pero cómo va a serlo? ¿A qué esperamos para echarnos a la calle y decir BASTA? ¿Cómo consentimos que auténticos chorizos, porque sean cargos públicos se vaya de rositas con lo robado?¿Cómo soportamos que con los juzgados atascados de casos, haya diez y ocho magistrados de la Audiencia, dilucidando si un pirata tiene un mes más o menos? ¿Qué tienen que hacernos para que reaccionemos?

Decía Honoré de Balzac: La resignación es un suicidio cotidiano. Yo no estoy dispuesto a suicidarme.