Así creo que están empezando a llamar muchos atuneros a nuestra Ministra de Defensa. Algo tendrá que ver, digo yo, su interés en promocionar el valioso papel, de nuestro avión de reconocimiento marítimo P3 Orión, en la vigilancia y salvaguarda de la seguridad de nuestra flota atunera que faena en el Índico. Quince atuneros y 1.500 personas, no es poco para un avión que desde el 20 de julio al 26 de septiembre, no ha sobrevolado ni una vez la zona donde faenan nuestros barcos.
Y es que resulta que la tan traída operación Atalanta, donde la colaboración de las fuerzas internacionales está siendo tan exitosa contra la piratería, se monta para la protección de mercantes que transportan ayuda humanitaria y ejercen sus labores de vigilancia e intercepción en el Gofo de Adén, y no en los caladeros donde se haya nuestra flota.
Es más, esta circunstancia, llevó a la Señora Chacón, en la reunión informal de Ministros de Defensa de la Unión Europea en Gotemburgo (Suecia), que se celebró a finales de septiembre, a solicitar una mayor presencia de los medios militares de la operación Atalanta en la cuenca sur de Somalia, ya que la presión a que eran sometidos en la zona de Adén y la proximidad de los Monzones, invitaba a los piratas a centrar su atención allí donde se encuentran nuestros atuneros.
El tiempo no ha tardado en darle la razón y el dos de octubre, el Alakrana y sus treinta y seis tripulantes eran secuestrados.
Pero es que antes de esto, en una sesión de control parlamentaria de mediados de septiembre, la señora Ministra, afirmó con rotundidad, que los armadores deberían asumir su seguridad, ya que su actividad era privada y que la operación Atalanta les costaba 75 millones de euros a los contribuyentes.
¿Y qué tiene que ver el culo con las témporas? Supongo que parte de los impuestos de esos pescadores, pocos más que dejados de la mano de Dios, pagarán también su parte. Pero no se trata de eso.
Se trata de que mientras los franceses protegen a los suyos con infantes de marina, a los nuestros se les aconseja que contraten vigilantes jurados, como si un atunero fuese un supermercado o una discoteca.
Ocurre, que mientras nuestros vecinos actúan contra los secuestradores, los detienen y recuperan el rescate, nosotros, perdemos el dinero, dejamos que escapen los asaltantes y servimos de hazme reír, a toda fuerza de asalto que se precie.
Y aún está por ver, quién pagará el viaje de vuelta de los dos piratas que llevamos a Madrid. ¡Qué cosas, Señor, que cosas!


