Ya la ciudad se llenó de luces, mi calle no entra dentro del derroche lumínico del Ayuntamiento, no obstante algunos balcones aparecen iluminados por luces multicolores y de Papá Noel trepando por las barandillas.
El origen cristiano de la Navidad, nacimiento de Cristo, está pasando a segundo plano. Ese gordito vestido de rojo (invento de Clemnt Moore), montado en un trineo, tirado por nueve renos (Rudolph, Donner, Blitchen, Cometa, Cupido, Brillante, Danzante, Centella y Zorro), que vive en el polo norte, donde tiene un taller con duendes que fabrican los juguetes para los niños de todo el mundo, desplaza a los Reyes Magos de Oriente que traían al niño Jesús, incienso, oro y mirra. Aunque ni uno ni los otros son de utilidad para el político que hace regalos con dinero ajeno (cafeteras, DVD, cestas, copitas etc) mas o menos adictos a la causa.
El comercio quiere adelantar la entrega de regalos con la absurda idea de que los niños tienen más tiempo para jugar con ellos, como si no supiéramos que los juguetes duran cinco minutos y al sexto se entretienen con la caja que los contenía.
Gran cantidad de pequeños Papá Noel cuelgan de los balcones simulando subir por una escala ¡horroroso! Algunos parecen ahorcados, el mal gusto se hace patente en esos balcones, donde antes se dejaba el agua y las galletas para los camellos en la noche de Reyes, y ahora penden durante incontables días dando lugar a fatalidades como el caso de la niña de Vall DŽUixó, que por coger el muñeco cayo desde un 5º piso.


