Historias de la gente

Son comentarios ocasionales acerca de lo que me llama la atención

La insensibilidad de los robots

 Hoy muchos dividen el mundo en dos bandos exclusivos, o conmigo o contra mí, las derechas y las izquierdas, y esto confunde. Pues ni todo lo que defienden las derechas es bueno, ni lo es lo que defienden las izquierdas. Pero se nos hace creer que o lo uno o lo otro, sin término medio. La violencia de las derechas es inaceptable, sus escuadrones de la muerte, que maltraten al débil, su cruzada contra todo lo diferente, su defensa extrema de una identidad cultural o de una raza, todo esto es criminal. Pero cuando condenan el aborto y que se case a los homosexuales, aciertan. Por contra, las izquierdas meten en el mismo saco la tolerancia de lo diferente y la ausencia total de valores. En nombre de lo que llaman libertad, todo está permitido. No hay normas morales. Para ellos, la moral es algo aprendido, impuesto de fuera, la voluntad reina suprema. Hago lo que quiero porque quiero. El querer lo justifica todo. Pero aquí se equivocan. Porque los valores morales no vienen de fuera, no los ha impuesto un Moisés cualquiera antiguo del que nos podamos deshacer según el momento. Los valores morales forman parte de la naturaleza. Hay una ley inscrita en los genes e ignorarla en nombre de una falsa libertad es también criminal. Para las izquierdas el ser humano es un robot al que se programa, ya sea de fuera, ya se programe uno mismo. Es una tabula rasa, una pizarra virgen sobre la que se escribirá lo que se quiera. Lo que uno será, lo que hará, dependen sólo de que alguien lo quiera así y no de otra forma. Es un error y un disparate. No podemos forzarnos, sin gran sufrimiento, sin que la salud y el bienestar padezcan grave quebranto, a ser lo que a capricho queramos. Tenemos que querer ser lo que somos, no hay otra libertad que ésa, ser lo que ya somos.