Al parecer, 96 soldados españoles han muerto ya en Afganistán. Hoy la mujer ministra Chacón los ha declarado héroes de la Patria y ejemplo de desinteresada entrega por el bien de los demás. Antiguamente, en la ficción al menos, las mujeres solían llorar angustiadas cuando les llevaban al matadero de Cuba o Marruecos a los hijos aún adolescentes acabados de criar; pero hoy, cuando gobiernan los que se dicen progres, una mujer es ministra de la guerra y sin avergonzarse proclama públicamente una obvia falsedad. El crimen nunca es heroico. Y crimen ha sido invadir por las buenas aquel desgraciado país. La vergüenza que ella no ha sentido, al menos a la vista de todos, la he sentido yo, cuando la TV nos ha ofrecido envueltos en la bandera de España los ataúdes de los dos soldados últimos muertos en la trágica expedición. Una guerra inmoral, una guerra ilegal, una guerra criminal. No debimos ir a combatir allá lejos. Ningún afgano nos atacó ni representó nunca una amenaza para cualquier español. Y sin embargo, allá estamos nosotros armados hasta los dientes, con los tanques de la última generación, y contribuyendo, al menos indirectamente, a la muerte prematura de mucha gente inocente. Digo indirectamente porque si bien al principio afirmaban quienes nos gobiernan y se alegaba que sólo los motivos humanitarios nos movían, después se dijo que en vista de que los afganos rebeldes no se dejaban convencer de nuestras buenas intenciones, tendríamos que tomar parte más activa en la expedición, a saber, empuñar las armas contra ellos y matarlos si al caso venía. Soy consciente de la realpolitik y de que el malo del cuento es el gobierno americano de Bush, de quien fue títere -desvergonzado también- un anterior Presidente de esta insignificante nación. Una vulgar marioneta. Porque de nosotros pudo muy bien haber dicho el que de verdad manda lo mismo que en los años 60 dijo al embajador de Grecia en los USA el Presidente americano de entonces: “Fuck your Parliament and your Constitution,” cuando el pobre hombre del país de Platón y Aristóteles, trataba de hacerle comprender que ciertas cosas no se pueden hacer cuando la propia gente al que uno gobierna se opone. Y ahí estamos, una nación que se dice libre e independiente, combatiendo una lucha para la que no ha habido otra justificación que un supuesto ataque contra dos torres gemelas de una gente que probablemente nunca existió. Porque como el presidente iraní acaba de decir, cada vez son más lo que creen aquello un nuevo y criminalmente cínico Pearl Harbour, un montaje de un poder en la sombra que oculta su faz.

