Historias de la gente

Son comentarios ocasionales acerca de lo que me llama la atención

La mala fe del articulista famoso

Anda por ahí un famoso articulista, al que incluso han premiado con no sé qué medalla o galardón con que se premia. Hace unos días alzaba la disonante voz porque al parecer una ministra de algún país del entorno había propuesto se instara a las productoras cinematográficas a no poner constantemente -como ponen- a las mujeres con un pitillo en la boca. Es verdad, no hay película en la que las mujeres no fumen: altas y bajas, flacas y gordas, jóvenes y viejas, feas y guapas, principales o secundarias, todas, absolutamente todas, en un momento u otro de la historia que se cuenta se ponen a fumar. A la vista de ésto se dijera que por naturaleza las mujeres nacen así, adictas al criminal tabaco. La ministra en cuestión exponía y con razón que dado el enorme influjo que el cine tiene en la vida diaria de todos, sería por lo menos prudente hacer algo al respecto de lo que se denunciaba. Pues bien, el articulista la puso a parir. Se burló de ella sin la menor compasión aduciendo que si se fuera a prohibir en el cine todas las conductas potencialmente peligrosas e insanas se acabaría el espectáculo. Y es verdad, si fuéramos a suprimir del cine los asesinatos, la violencia sin freno, las escenas macabras, las carreras de coches en dirección prohibida y en general todas las conductas aberrantes que se pueda imaginar, ¡adiós al cine! ¡No habría cine! Al menos no habría el cine actual. Sin embargo, aunque el articulista tenga razón en señalar que no se puede prohibir algo que aun sabiéndolo dañino es imposible eliminar dadas las reglas de la sociedad en que vivimos, también es verdad indiscutible que el cine enseña conductas y que su influencia en el pensamiento y las costumbres es descomunal. Lo que se ve en el cine, se copia de inmediato. Las actrices del cine son modelo de conducta. De modo que la preocupación de la ministra era pertinente, y su deseo de limitar el mal que a sabiendas se hace, digno de alabanza y encomio. No había pues lugar para la burla, sino tan sólo dolor de que se sea tan deplorablemente irresponsable e inconsciente como para que las cosas -en el cine y demás- sigan siendo como son.