Historias de la gente

Son comentarios ocasionales acerca de lo que me llama la atención

Al dios rogando…

Escribo ‘al dios’ en lugar de ‘a Dios’ para dar a entender el poco respeto que me merece ese Dios con mayúscula a que los del Vaticano se refieren, el Yahvé judío, un ídolo como la copa de un pino. No creo en ese Dios del Vaticano; pero sí creo en la fuerza que anima el Universo. A esa fuerza la llamo yo Trascendencia o ser Trascendente.

Puesto que los del Vaticano tienen que ver con esta fuerza tanto como yo tengo que ver con los extraterrestres, pongo por caso, no te me extraña que hayan tomado medidas en las iglesias contra el contagio posible de la gripe A. No hay mayor incrédulo que el Vaticano. La familiaridad engendra el desprecio y la duda. Por eso ellos, que dicen representar a Dios en la Tierra, son los primeros en no creer lo que por otra parte sostienen, la divinidad de su Dios, la omnipotencia de su Dios, la voluntad de su Dios de proteger la salud de sus adoradores. ¿Dónde se ha visto que ese Dios vaticano haya salido nunca en defensa de los necesitados? Tanto ese Dios como ese vaticano van a lo suyo, que es mandar y ordenar y gobernar y si pudieran quemar vivos a los de Gomorra y en la hoguera a los herejes y brujos, seguirían quemándolos, como ya lo hicieron.
Bromas aparte, más vale ser prudente que imprudente, y eso de poner los labios en las espaldas de un Santiaguiño donde los ha puesto medio mundo que pasó por allí es una cochinada; hacen bien en desaconsejarlo. Somos unos borregos y vamos, Vicente, a donde va la gente. Hay que cambiar de chip. Luego un estornudo en una iglesia es tan contagioso como en un autobús o en un cine, así que mejor si se pone toallitas estériles al alcance de todos en los bancos donde se reza. Y lo de la hostia y todo lo demás.
En fin, es una sesión más del circo en que todos vivimos.