Llevo tanto tiempo esperando con impaciencia la llegada del maestro Woody Allen a Barcelona para rodar su película que me encuentro con extrañeza y pesar el oír a gente lamentando y hasta condenando y burlándose que él venga aquí. Empezó la cosa el año pasado en el Ayuntamiento barcelonés con la oposición atacando al alcalde socialista sobre la polémica de los “okupas” y con alguien diciendo: “Ustedes quieren traer aquí a Woody Allen por que es transgresor” ó algo parecido. ¿Qué tendrá que ver el bueno de Woody con los “okupas”?Pensé que esos señores de la derecha querrían que hubiese venido a rodar aquí Steven Spielberg. Es normal: pueden ver sus películas con sus hijos, defiende la familia tradicional y nunca ha tenido escándalos como los que Allen tuvo con su ex. Y Allen, no sé por qué, no les gusta. De cómo se ha conseguido que Woody viniera aquí, he oído toda clase de reproches: la cantidad de dinero, un millón de euros, que el Ayuntamiento de Barcelona ha dado a una empresa y que ha ido a Mediapro, la productora barcelonesa que hace la película. Luego el doctorado Honoris Causa a él de la Universitat Pompeu Fabra. Luego que no sabe nada de cómo es la ciudad y para rematarlo que elija a Penélope Cruz y a Javier Bardem, para algunos “representantes de la España más tópica”. Y finalmente que alguien sostiene que si a sus películas les quitas Nueva York se quedan en casi nada. Allen no es tonto y sabrá, al menos por sus asesores catalanes, empezando por el mismo Jaume Roures, dueño de Mediapro, que Barcelona es de otra manera a la España que muestra su admirado Pedro Almodóvar, pero sin ignorar otros matices. El doctorado Honoris Causa para él lo defendí ardientemente por que al menos es alguien que ha hecho reflexionar a media Humanidad, y al cambiar Nueva York por Londres ha conservado esto. En cuanto al dinero dado por el Ayuntamiento, habría sido suficiente con la subvención que ya da el Estado ó la Generalitat de Catalunya, y si la da el Ayuntamiento, con unos 12.000 ? sería bastante. Pero el alcalde creerá que ésta película será un reclamo turístico más eficaz que cualquier campaña publicitaria en los periódicos de medio mundo, como lo fue la francesa “Una casa de locos” para atraer mucho turismo francés a la ciudad. Que nadie olvide que hace unos 30 años teníamos a Allen en un altar, como dios supremo de cómo debe de ser el hombre de hoy en día, sensible y débil sin disimularlo. Ahora los mismos que entonces le encumbraban lo ven como un pelmazo y un falso moralista, sobre todo algunas mujeres que antes le escuchaban hablar embelesadas y querían ir con él a ver películas de su adorado Ingmar Bergman a la Filmoteca. Allen encarna la complejidad humana como pocos, sin tener que ser un filósofo con el discurso siempre a punto a lo Jean-Paul Sartre, por ejemplo, ya que lo mismo le gusta ver a Bergman que a Bob Hope, ver una exposición de Picasso y ver baloncesto por la televisión. Por ello le defiendo. Dejémosle hacer su película, ya que por suerte sus guiones no son cerrados, de los de no cambiar ni una coma. Él acepta sugerencias de todos si creen que puede mejorar el personaje ó el guión, y reescribe todo en el mismo día si hace falta. Así que ya saben, traten de decirle: “Oye, Woody, aquí somos así y hacemos esto”. Que lo que Jaume Roures lamenta y califica de “provincianismo” yo lo definiría como “envidia”. Al residir en Madrid y estar ahora trabajando, me habría gustado trabajar en su película como extra, fuese como lector en una biblioteca ó bien ligando con una chica viendo una de Ingmar Bergman en la Filmoteca de la Generalitat. Incluso se me ocurren historias que podrían funcionar en su película, alguna de ellas plasmada por mí en un relato breve titulado “Todo acabará bien… si fuese bien”, inspirado en una de sus obras maestras, “Hanna y sus hermanas”, y que le dedicaba a él. Pero el maestro Woody ya tiene sus ideas perfectamente válidas. Si finalmente no le salen muy bien, al menos habrá reivindicado una Barcelona culta y con iniciativa.


