La reciente matanza en el Instituto Virginia Tech de los EEUU ha demostrado algo que los poderes de aquel país no quieren comprender, bien por que se les puede venir abajo el sistema, bien por que ello hundiría una industria que da muchos puestos de trabajo, bien por que sin esas cosas se sienten inferiores, es decir, en segundo lugar en vez de sentirse los “números 1″… qué sé yo. Nadie se ha atrevido a cuestionar el uso libre de las armas en toda la Unión, me refiero a los políticos, empezando por la próxima campaña electoral presidencial que empezará en poco tiempo. Y se dice que quien cuestione esto, algo que además está reconocido en la Constitución, puede ser acusado de anticonstitucional y de ir contra las esencias mismas de la tradición americana. Michael Moore es quien se ha atrevido a ello, aun siendo miembro de la Asociación Nacional del Rifle, la misma que defiende encarnizadamente el uso libre y compra de armas. Moore entiende, con sentido común, que antes se tenía un arma cuando los tiempos del Far West, en donde no se estaba seguro, pero la paranoia, en cierto modo tradicional en la manera de ser nacional, no permite lo contrario. Lo que hizo el estudiante surcoreano tiene un origen, que nadie se atreve a sacar a la luz, quizás por que puede haber gente que puede quedar mal, y no precisamente el propio estudiante. Él, pese a sus aires de chulo prepotente y de asesino en ciernes, guardaba un odio a quienes parece ser que le atacaban, lo que podría dar a entender que cometiese una carnicería tan terrible. La doble moral, sobre todo por parte de los puritanos, ha provocado reacciones contradictorias en un país que, no obstante, ha demostrado talento y tenacidad para muchas cosas, pero como nadie es perfecto, ha fracasado horriblemente en otras. Su obsesiva muestra en que quien no triunfa no vale para nada crea frustraciones terribles, y al haber esa libertad en poseer armas, algunos, en su desesperación, se vengan así. Algo que en Europa, aunque no seamos aquí mucho mejores, por lo menos no da esas altísimas cifras de asesinatos anual que hay en los EEUU: 11.000 personas asesinadas cada año, mientras que en Francia ó en Gran Bretaña hay muchísimos menos. E incluso, como bien recordaba Michael Moore, muchos videojuegos violentos son japoneses, pero en el Japón apenas hay unos 40 asesinatos anuales. Y en el Canadá, uno de los países vecinos, pese a tener libertad de poseer armas, había pocos asesinatos. En “Bowling for Columbine”, el cineasta de Michigan lo pudo comprobar personalmente: en varias ciudades, preguntaba: “¿Cuándo fue el último asesinato?” Le contestaban, con cara de duda: “Ah… pues fue… em… ah, sí; uno, el año pasado”. Y en otra le decían: “Hubo uno, y el asesino era un tipo de Detroit”. Es decir, que lo cometió un estadounidense. La sociedad de ese país ha dado cosas buenas, vuelvo a decir, pero tiene que hacer examen de conciencia urgentemente. Lo que ha defendido durante años tiene que renovarlo, ponerlo al día, igual que quieren hacer en Francia con lo que se ha entendido por “grandeur”. Pues la “grandeur” a la americana también necesita un cambio radical, empezando por lo social. Que con una arma en la mano no da seguridad a nadie, sólo que se crean los amos del mundo, sobre todo si son inmaduros ó chulitos de piscina… y si son gente sensible y débil, sólo les da la manera de vengarse.


