JOAN MONTANÉ LOZOYA
Sentado al borde de la cama me preguntaba como podía haber llegado a esa situación. Aunque quizá debiera haberme preguntado porque llegaba tantas veces. Sea como fuere, una pregunta martilleaba mi cerebro ¿qué iba a hacer a partir de entonces?
Han pasado seis años desde que tocara fondo por enésima vez ¿La razón? El juego. O al menos eso es lo que creía yo. La verdadera razón había permanecido oculta durante más de 20 años. Fue unos días después de mi nueva visita a los infiernos, y sin saber aún porque motivo, que decidí abrir una ventana; una ventana que siempre me juré mantener cerrada. Aquel acto tendría unas consecuencias que era incapaz de imaginar. Tal vez buscando una salida o una explicación, tratando de justificar mis actitudes, le conté a mi pareja que de niño abusaron sexualmente de mi.
Tuve las maletas literalmente en la puerta, pero esa nueva pieza en el rompecabezas de mi vida, hizo que Marta indagara en mi pasado. Lo que para ella era una posible respuesta a muchas preguntas, para mi sólo era una excusa para explicar lo inexplicable. No podía concebir otra cosa, por más que lo deseara. Y deberían pasar aún varios meses antes de que comprendiera el verdadero alcance de lo que sucedió en mi infancia.
Marta no ha tenido nunca la costumbre de arredarse ante las dificultades, así que tenía muy claro que dicho secreto perdería su condición muy pronto. Así que, sin pensarlo dos veces, llamó a casa de mis padres que, en aquellos momentos no estaban, y les dejó un mensaje en el contestador:
- Ya sé lo que le hizo a su hijo. Espero que Dios jamás le pedone.
¿Qué ocurre cuando acusas a tu padre de haber abusado sexualmente de ti? Apenas tuve tiempo de planteármelo ni de saber que debía hacer. Ya había ocurrido. Ya estaba ocurriendo. Todo se aceleraba a una velocidad mucho más elevada que mi comprensión de los hechos.
Mucha gente piensa que estas cosas sólo suceden en familias marginales o desestructuradas, pero no es cierto. El abuso sexual permanece como un secreto que raramente sale a la luz y que afecta a muchas familias; familias que todos coincidirían en considerar como normales; familias como la mía, como la de tantas y tantas personas que he ido conociendo a lo largo de estos últimos años.
Según uno de los pocos estudios llevados a cabo en España, en este caso del profesor Felix López, nos enfrentamos con una unas cifras cercanas al 20%. Concretamente, un 23% de las niñas y un 15% de los niños han padecido algún tipo de abuso sexual antes de cumplir los 17 años.
Mi primer paso fue acudir a un psicólogo. No fue una gran ayuda, probablemente debido a mi incapacidad para aceptar unos hechos que había negado durante tantos años. Pero al menos estaba dando los primeros pasos. Gran parte de mi familia no reaccionó de la manera que una víctima de abusos desearía, pero con el tiempo me di cuenta que existían familias capaces de comportarse mucho peor. No es un alivio, sino la triste realidad.
Visto desde fuera nadie pone en duda que la ayuda hay que prestársela al sobreviviente, pero cuando estás dentro compruebas que los involucrados se enfrentan a un dilema que se reduce a estar a tu lado o romper la “familia feliz”. El extendido síndrome de “familia feliz” nos convierte en una amenaza, y demasiadas veces parece que sólo interesa silenciarnos o apartarnos del “clan”. Eso ocurre tanto si lo revelas de niño como si lo has hecho cuando ya eres adulto.
Mis problemas con el juego me brindaron la posibilidad de conocer los grupos de ayuda mutua, y aunque terminé huyendo, como tantas otras veces, creí que ahora, que había dado con la raíz de mis problemas, podría ser muy útil y esclarecedor encontrar algun grupo de características parecidas y que abordaron los abusos sexuales padecidos en la infancia. Tuve suerte. La única asociación que existía en aquellos momentos en España estaba en mi ciudad. Llamé y concerté una cita. Al cabo de un mes ya formaba parte de un grupo que se reunía semanalmente. Y fue allí donde se me abrieron los ojos; donde comprendí lo que significa ser un sobreviviente de abusos sexuales. Y lo que es más importante; fui plenamente consciente de las secuelas que nos afectan. La sensación de culpa, de miedo, de vergüenza, la baja autoestima, la ludopatía… Todas esas cosas no eran porque si. Yo no manifestaba toda esa negatividad porque fuera algo genético e imposible de modificar. Existía una razón y acababa de descubrirla. Cerca ya de cumplir los 40 años empezaba a comprender porque tantas cosas en mi vida no funcionaban o no tenían sentido.
El sobreviviente de abusos siempre cree merecerse todo lo negativo que le ocurre y asegura mantener el secreto para no dañar a terceros que no tienen ninguna culpa de lo que ocurrió. Esa es la excusa que más habitualmente se esgrime para no enfrentarnos con nuestro pasado, pero la realidad es que es el miedo, la vergüenza, la culpa y otros sentimientos son los que impiden que nos libremos de esa condena que nos impusieron hace tantos años, cuando tan sólo éramos unos niños.
En mi grupo de autoayuda descubrí muchas cosas y, casi sin quererlo, empecé a escribir sobre ello. Creo que era inevitable; siempre he coqueteado con la literatura, así que no era especialmente raro que lo hiciera entonces. Poco a poco se fueron acumulando los escritos y pensé que tal vez, en esta ocasión, sería capaz de terminar algo; de escribir un libro.
Al cabo de unos meses la asociación nos comunicó que unos periodistas estaban interesados en hacer un reportaje sobre el abuso sexual infantil y que para ello contaban con nuestra colaboración y nuestros testimonios. Nos ofrecimos cuatro personas. El reportaje vio la luz en el Magazine del día 17 de noviembre de 2002. Aquello supuso otro gran cambio. Ahora ya no pertenecía al ámbito familiar. Acababa de aparecer en los medios. Allí estaba mi testimonio y mi imagen a toda página. De alguna manera había ganado la batalla. Ya nadie ponía en duda mi credibilidad, una posibilidad que no todos han tenido a su alcance. Pero ganar esa batalla no significa que haya ganado la guerra. Todavía queda un largo camino por recorrer; todavía quedan muchas partes de mi que debo rescatar.
Buena parte de las personas que padecimos abusos vivimos algo parecido a una doble vida. Tratamos de aparentar una existencia normal, incluso feliz, cuando por dentro estamos solos, vacíos o aterrorizados. Con el tiempo olvidamos la razón de nuestros extraños comportamientos. Sólo queremos seguir ocultando a ese monstruo que a veces trata de rebelarse, y lo hacemos con tanta efectividad que realmente nos olvidamos de la cara de ese monstruo, pero no de ese miedo, ahora indefinible e inidintificable que sigue acompañándonos.
La aparición del reportaje supuso que muchas personas también dieran el paso para romper el silencio. Quizá la parte más negativa fue que en España sólo había una asociación y que no tenía sucursales. De hecho, a duras penas lograba mantenerse con las colaboraciones de los socios y alguna que otra subvención. La realidad nos decía que sólo era posible atender los casos que llegaban del ámbito territorial barcelonés.
Por mi parte, la elaboración del libro empezaba a tomar forma y cada vez estaba más inmerso en ese proyecto. También me ofrecí a la asociación para responder a los muchos correos, a raíz del reportaje, que llegaron felicitándonos o pidiéndonos ayuda. Fue durante ese intercambio cuando concebí la idea de crear una página web y unos foros exclusivos para las personas que habíamos padecido abusos sexuales en nuestra infancia. A finales de 2002 ya se había convertido en una realidad que iniciábamos media docena de personas. Hoy son cerca de mil las personas registradas en el foro, y más de cincuenta mil los mensajes publicados (http://forogam.loeda.net)
El libro vería finalmente la luz en el mes de octubre de 2004 (http://www.nuevosescritores.com/cuando_estuvimos_muertos.htm) En estos fechas saldrá la segunda edición y estoy a la espera de publicar en breve mi segundo libro. También he participado en otros reportajes y he aparecido en radio y televisión, como en el reconocido documental “Infancia rota”, premio 2005 de derechos humanos.
Es mucho el silencio y la desinformación que ha pesado sobre los abusos sexuales en la infancia, y es deber de todos revertir una situación que, ciertamente, ha experimentado cambios muy positivos. Pero no es menos cierto que apenas hemos empezado a vislumbrar la punta del iceberg..
JOAN MONTANÉ LOZOYA


