Y sigue lloviendo, al menos por esta Villa y Corte de Madrid. La propia diosa Cibeles está algo asustada porque ya se empiezan a mover los leones de piedra, por la cantidad de agua que está cayendo.
Por todo esto, si hay una frase que se ha escuchado mucho en estos días es la de: “está lloviendo más que cuando enterraron a Zafra“. Pero ¿quién era ese Zafra y por que le tuvieron que enterrar un día de lluvia? Esa es la pregunta que siempre me he hecho, pero que nunca he tenido tiempo de investigar.
Pues ha llegado el día en que me he puesto manos a la obra para descifrar el oscuro origen de esta frase.
Antiguamente, la frase era más larga y tenía una segunda parte: “… que el ataúd era de plomo y flotaba sobre el agua“. Leñe, pues sí que llovía, sí.
Pues bien, esta frase tiene años para alicatar varios cuartos de baño. Qué digo años, tiene siglos.
Cuentan, que allá por el siglo XV, una terrible sequía dejó sin agua toda la ciudad de Zafra y alrededores (si alguien quiere saber dónde está, le diré que en Extremadura). No había agua en ninguna fuente, ni pozo, ni río, ni manantial de toda la zona. Extrañamente, el único sitio donde había agua era una fuente que estaba cerca del castillo del conde de Zafra, fuente que, por supuesto era de su propiedad. Ya sabemos que por aquellos lejanos años, los condes y demás gente de rancio abolengo eran dueños de vidas y haciendas, así que la fuente no era menos.
Este conde, como gran egoísta que era, había prohibido el acceso a su fuente, bajo pena de ser azotado.
Sin embargo, una gitana zafreña (¿se llamarán así los de Zafra?) hizo caso omiso de la aristocrática indicación, y sin ningún empacho, llenó un cántaro del agua de aquella fuente. Por desgracia, la pillaron “in fraganti” y la dieron tantos azotes como trozos quedaron del cántaro (una vez que se hubo caído al suelo y se rompió, por el susto, claro).
La pobre gitana quedó bien molida, pero se fue, no sin antes echar una maldición al señor conde (maldición gitana, se entiende, que son las peores).
Vaticinó que este conde tan majo, iba a morir en menos de una semana y que su cadáver iba a ser arrastrado por las aguas.
Como no podía ser menos, la maldición se cumplió, el conde murió y en ese preciso momento comenzó a llover tanto, pero tanto tanto, que las aguas inundaron el castillo, arrastraron el ataúd del conde y lo despeñaron por un precipicio.
Esto ya no lo cuenta la historia, pero se supone que la ciudad de Zafra quedó doblemente feliz: se acabó la sequía y se acabó con un tirano. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.


