Las cosas de la lluvia.

Hacía tanto, pero tanto tiempo que no llovía, que casi ni me acordaba de las cosas que ocurren en la ciudad mientras cae el agua. Por no acordarme, ya no sabía ni cómo se abría el paraguas. Se me había olvidado.

Estamos en el tercer día de lluvia (todo un acontecimiento aquí en Madrid, después de tanto tiempo de sequía) y me he dado cuenta de que, con estos meteoros, pasan cosas muy curiosas en esta ciudad.

Os voy a relatar las peculiares cosillas que ocurren en la carretera cuando llueve, que nos parecen normales, pero que no nos lo parecerían si no cayera una sola gota.

Para empezar, cuando comienzan a caer las primeras gotas, todo el mundo (y cuando digo todo el mundo es todo el mundo) saca el coche. Les da igual que el coche lleve sin salir diez años del garage o del sitio donde estuviera aparcado. Les da igual que el carnet de conducir esté caducado hace siglos. Les da igual que el coche no haya pasado la ITV. Lo importante es sacar el coche y armar el pifostio.

Bien. Pues ya puestos en carretera es cuando se ejecutan las “pirulas” más descaradas: cambios de carril sin aviso previo, adelantamientos arriesgados, carreras y piques, etc, etc. Conducir se convierte en toda una aventura cuando llueve.

¿Por qué en estas condiciones tan dificultosas es cuando muchos conductores creen tener patente de corso para pasar de todo? Ni idea. Pero ocurre.

Todo esto hace que se formen los mayores atascos que se hayan visto en Madrid en décadas. Hacer veinticinco kilómetros, por poner un ejemplo, supone hora y media al volante.

Se podría ir en transporte público, es cierto. Pero también es cierto que en estos días lluviosos es cuando peor funciona: los autobuses no llegan, los trenes se retrasan, el metro va hasta el techo.

¿Hay solución a todo esto? Me temo que, de momento no. A pesar de todo, yo prefiero que siga lloviendo, que falta nos hace.