Alzamiento.

Menudo alzamiento he tenido que sofocar en estos días que no he estado por aquí (con todo el dolor de mi corazón, claro). Uno de mis mejores y más fieles servidores se ha levantado en armas contra mí, y me ha retado descaradamente.

Además, ha aprovechado la noche de un domingo, cuando está todo el mundo dormido (o durmiendo, como decía Cela, vete tú a saber) para cometer semejante desacato.

Estaba yo soñando con ovejas mecánicas, cuando sonó la voz de alarma, y se me esparcieron todas por el campo sin poder coger ninguna.

Según me informan esa noche, este servidor (o mejor dicho, servidora) tan fiel durante todos estos años, se ha rebelado, y está intentando convencer a todos de que la mejor forma de acabar con la ¿tiranía? a la que les someto es haciendo una huelga salvaje. ¿Habrase visto? Con lo bien que la he tratado siempre, y ahora quiere hacerme la guerra, con lo bonito que sería que me hiciera el amor.

Rápidamente hice acopio de fuerzas y efectivos, pero me fue imposible sofocar la revolución. Para mi sorpresa, estaba ya muy avanzada, y sospeché que me iba a costar sangre, sudor y lágrimas acabar con ella. Y así ha sido: dos semanas de lucha que me han impedido acercarme siquiera por aquí.

Siempre se me olvida deciros de qué estoy hablando. Perdonad. Mi revoltosa servidora es una de mis muelas (la más grande y trabajadora) que decidió por sí misma que ese domingo sería un buen momento para comenzar con un buen dolor de muelas, valga la redundancia.

Como nunca me han dolido, no sabía qué hacer, así que lo primero que hice fue buscar en internet, por si había alguien con este mismo problema. ¿Alguien? Había miles y miles de desdichados con dolor de muelas, y con miles y miles de soluciones, a cuál más disparatada.

Lo único interesante que descubrí fue que esto mismo le pasó al matemático Blaise Pascalen 1658. Un mal día, se despertó con un terrible dolor de muelas, y como no sabía tampoco qué hacer, se puso a pensar en una figura geométrica llamada cicloide, para ver si pensando en otra cosa el dolor desaparecía. Asombrosamente ocurrió y Pascal, agradecido a la bella cicloide, se dedicó a estudiarla concienzudamente.

Como lamentablemente no soy Pascal, no me sirvió el remedio cicloideo, así que me fui a una farmacia, donde me dieron una especie de anestésico portátil (?).

!! Mano de santo, oiga !! Nada más echármelo en la muela, no sólo dejé de sentir el dolor, sino la mitad de la boca. Al cabo de unas horas se pasa el efecto, pero como me lo echaba bastante a menudo, la muela se cansó de ser díscola y se reconcilió conmigo. Ahora somos buenos amigos y no sabemos si la relación irá a más.