Esta mañana me ocurrió. Fue al buscar un bolígrafo que había dejado en mi mesa, y que inexplicablemente se había esfumado sin dejar rastro. Busqué y busque cualquier otro boli para escribir, pero ninguno tenía tinta, así que no tuve más remedio que tirar de un viejo lapicero que tenía en el cubilete.
Este lápiz tampoco tenía punta (pues sí que estamos bien), así que busqué un sacapuntas en el cajón y empecé a echar virutas de madera a la papelera. Fue en ese momento cuando llegó a mi nariz ese aroma a madera de cedro, que me recordó mis tiempos escolares. !! La de tiempo que hacía que no sacaba punta a un lapicero !!
De pequeño, todos los niños de clase usábamos lapicero, y claro, cada dos por tres había que sacarles punta, porque enseguida se gastaban (sobre todo si eran de mina blanda). Como esto no se podía hacer en el pupitre, porque no estaba bien que lo dejáramos todo perdido de virutas, nos levantábamos hasta la papelera con nuestro lápiz y nuestro “saca” y allí nos encontrábamos con otros amiguitos nuestros, que también estaban en esos menesteres. Y ahí estábamos, media docena de niños todos sacando punta al lapicero y, por supuesto, hablando como descosidos, hasta que la profesora (para nosotros era la “seño”), harta ya de tanto cuchicheo, nos mandaba a todos a nuestros sitios.
Pero ahí estaba ese aroma de viruta de lápiz, que lo impregnaba todo y que se pegaba a nuestras ropas y a nuestras vidas. Cuando llegaba a casa, mi madre me decía: “Hueles a colegio”. Realmente se refería a la madera de cedro recién cortada.
Todo eso comenzó a declinar en el momento en que un compañero, que venía del extranjero, trajo un aparato muy extraño, que se podía cargar con minas de lapicero y que nunca había que tirar a la basura, a no ser que se estropeara. Fue toda una revolución para nuestras mentes escolares. Este chico nos contó que se llamaba portaminas.
!! Qué invento ese del portaminas !! Poco a poco, todos los niños íbamos dejando de lado el lapicero para tener esa nueva maravilla de la tecnología. Claro que, descubrimos que los portaminas son como los coches: hay que alimentarlos. Había que sacar de algún sitio las minas, y se nos ocurrió que podríamos romper los lápices que teníamos arrinconados para sacarles las tripas de grafito con que alimentar a nuestro nuevo monstruo. Tengo que decir que los primeros portaminas no eran como los actuales, de minas muy finas, sino que usaban minas gordas, de lapicero.
Y ése fue, queridos amigos, el fin del pobre lápiz, de ese aroma a cedro que lo envolvía todo y de ese feliz tiempo que ya no volverá.


