Ayer casi fui arrollada por un coche que asaltó mi carril con un giro brusco de volante. Todos los días me desplazo en una moto, y como no sé si la próxima vez voy a poder escribir esta carta, he decidido hacerlo ahora.
Es lamentable el espectáculo que ven mis ojos a través de la pantalla del casco -que Dios lo conserve intacto, porque lo que son los conductores…-. Su coche no es un tocador, ni un café de tertulia o una cabina de teléfono, y créame si le digo que nada se parece a un F1. Decepcionado/a, ¿verdad?
A la señora que ayer me puso en apuros, desde aquí le aconsejo que agarre el volante con la misma perfección que sus habilidosas manos manejan el rímel, dejará de ser un peligro; al chico que siente el poder de la velocidad le retaría a alcanzarla con una silla de ruedas, quizá no sea tan rápido, ni tan hábil; y al señor que se cree un experto le propondría una reválida, a ver con qué seguridad lo acepta.
No entiendo por qué la DGT dedica sus campañas a rogar, así que pido a las Autoridades Sanitarias que se hagan cargo del asunto: CONDUCIR MAL TE MATA Y TAMBIÉN MATA A LOS DEMÁS, con letras bien grandes, como en las cajetillas. Y a ver si conseguimos nosotros -los ciudadanos de a pie o de a ruedas- proyectar la misma mirada que dirigimos al pobre fumador sobre la persona que no nos respeta, sobre quien no se esfuerza por conducir correctamente. Quizá lo que pasa es que aún no se sepa que el conductor que zigzaguea entre los coches no es bueno, todo lo contrario: es peligroso, es agresivo, es un pésimo conductor; o que la persona que no respeta la velocidad no es valiente, es temeraria, y yo la quiero muy lejos de mí. La que bebe y luego coge el coche, la que está cansada y tiene el atrevimiento de conducir, el que conduce con orgullo o sin atención ni destreza merecen el mayor de mis desprecios. Yo sí que rogaré para que mis palabras cambien malos hábitos al volante y sustituyan las campañas de la DGT por otras que no permitan que mi nombre pese en la conciencia de alguien, ni se escriba en la muy larga relación de personas que han perdido la vida sobre el asfalto -por su causa o por culpa de los demás, me es indiferente-. Sobre todo espero que no vuelvan a leerlo en un atestado o en una noticia de estas páginas, porque no lo habré escrito yo: Débora Barrado (Torrelodones. Madrid)


