“Si pudiera revivir mi infancia lo reviviría todo”

Las pequeñas  memorias:

 

 

“Si  pudiera revivir  mi infancia  lo reviviría todo”

 

Las últimas páginas del libro, hay un pequeño  álbum familiar que recoge  algunas  fotos, comentadas  por el propio autor. Pie de foto de José Saramago;  “Aquí me  pusieron una  corbata y el emblema  del Benfica en la solapa. Mi padre me hizo socio  del club y llevaba a los partidos en el viejo estadio de Amoreiras. Era más querencia suya que  voluntad mía. Me divertía, pero sin fanatismo”.

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José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998. Su trabajo literario contempla  entre otros : Manual de pintura y  caligrafía,  Casi  un objeto, Historia del cerco de Lisboa, La balsa de piedra, Memorial del  convento, El Evangelio  según Jesucristo, Todos los nombres, Levantado del suelo, Ensayo  sobre la ceguera, La caverna, El hombre duplicado, Ensayo sobre la  lucidez, Las intermitencias de la  muerte, Poseía completa y cuadernos de Lanzarote I y II.

A pesar de los achaques de salud, José Saramago  ha sacado adelante Las pequeñas memoriasun volumen de 179 páginas que rememora los 15 primeros años de su existencia. “Todo lo que soy se lo debo al pueblo en que nací”, ” Si pudiera revivir mi  infancia lo  reviviría todo” afirmó.

Su optimismo esta por el suelo, señala el autor de “Las pequeñas  memorias”  “estamos todos hundidos en la  mierda del  mundo. No se  puede ser optimista. El  optimista ahora  mismo con el  mundo que tenemos, es  estúpido, insensible  Yle importa  un pepino lo que ocurre  alrededor”

El año 2006 ha sido para José Saramago “un infierno”,  y muy complicado  recalcó, el autor en la presentación, con sentido  del humor  dijo “estoy aquí  casi temblando he  dormido mal. He  perdido  dos  litros de agua y con una  diarrea  tremenda.  Espero  que  no se  manifieste en la conferencia, entre risas continúo  su relato  sobre su complicado estado de  salud.

Es tuvo varios meses sin poder controlar un molesto hipo que le impedía dormir. Le recetaron unos cuantos medicamentos. Las medicinas no le arreglaron la situación y, estaban apunto de  quitarle la vida y por contra, le provocaron diarreas. “De casualidad cayó en mis manos un libro con remedios mágicos de esos que aconsejan las abuelas; el tal libro decía que lo mejor para el hipo es el vinagre”. Sin mucha fe, Saramago  le dijo a Pilar  su  mujer que  comprará  vinagre. Bebió un  sorbo y fue  como explosión, su rostro en segundo se transformó en mil rostros.  consiguió cortar el hipo en un soplo. Semanas más tarde acudió a un congreso de medicina en Galicia. “Allí, ante 1.500 especialistas, proclamé a voz en grito que el mejor remedio para el hipo es el vinagre. Soltaron una carcajada. Al acabar la sesión se me acercó un médico y me dijo tímidamente que lo que había dicho era verdad. ‘Amigo mío, ¿qué me va a contar usted a mí?’, le respondí”.

La pequeña aldea de Azinhaga  el  punto  de  partida del  libro, cuando tenía dos años, sus padres emigraron a Lisboa y le llevaron con él, así José  Saramago, va relatando su niñez, su adolescencia,  su relación con la tierra, con los animales, con el frío y con la pobreza en una casa humilde de un pequeño pueblo portugués, para entender el hombre que es hoy y contarlo en “La pequeñas memorias”.

“La estructura de mi vida, el núcleo sobre el que se sustenta toda mi existencia, está en Azinhaga; cuando llegaba de la ciudad y me quitaba los zapatos, sabía que otro mundo me estaba esperando, entre los pájaros, los animales y toda aquella tierra con la que siempre he mantenido una relación muy profunda”. Por eso  insistió  y aseguro  rotundamente que no escribirá más libros de memorias. “¡No y no y no! Y si no lo cumplo digan de mí todas las maldades que quieran. Les doy permiso”, señaló riéndose a pesar de la reiterada  pregunta. “Lo único importante de mi vida sucedió en los primeros catorce o quince               años. Lo       demás            no        importa”.

El Premio Nobel de literatura distingue entre educación e instrucción. “Nosotros éramos una familia muy pobre, una familia analfabeta, pero lo más importante que he aprendido en esta vida me lo enseñaron ellos, mis padres y mis abuelos, de forma sencilla, con su modo de ser y de estar en la vida”.

Uno de los pasaje más entrañables de libro relata el momento en que el abuelo materno se fue despidiendo de sus olivos antes de morir. “No soy optimista ni pesimista; he procurado no hacer literatura y tampoco me he preocupado del estilo; hay momentos dichosos, pero hay otros, una media docena, duros, muy duros, momentos en los que sufrí y recuerdo con amargura”.

Saramago, que se ve en el pasado como un niño melancólico y callado, que aprendió de sus padres analfabetos los valores que le han servido durante toda su vida, reconoció que este libro ha sido útil para “reencontrarse consigo mismo”

En ‘Las  pequeñas memorias’, Saramago retrocede casi un siglo y  relata anécdotas sorprendentes y cuenta que si los lechones pasaban frío, los abuelos los metían en la cama, junto a ellos. “Hablo de mis padres y de mis abuelos, que están todos muertos y de las personas que no han dejado nada y yo les he recuperado para otra forma de vida”. “Yo los tengo aquí en este libro como si estuvieran vivos dijo levantando, un ejemplar y eso me da un sentimiento de poder”.

Fragmento  del libro página 41 “Las pequeñas memorias”

Ha llegado el  momento  de explicar las razones del título  que al principio  pensé darle a estos recuerdos-El libro  de las tentaciones- y que, a primera vista, y también en una segunda y en  una tercera, parece que no tiene nada que ver  con los asuntos tratados hasta ahora y  seguramente con la  mayoría de  los que trataré  a continuación. La ambiciosa idea inicial – del  tiempo en que trabajaba  en  Memorial del convento, hace ya cuántos años- era  mostrar que la  santidad, esa  manifestación “teratológica”  del  espíritu  humano  capaz  de subvertir nuestra permanente y  por visto indestructible animalidad, perturba la naturaleza, la confunde, la desorienta. Pensaba entonces que aquel alucinado  san Antonio que Hieronymus Bosch pintó en Las tentaciones, por el  hecho de ser  santo, había  obligado a levantarse de lo más profundo a todas  las  fuerzas de la  naturaleza, las  visibles y las  invisibles, los monstruos de  la  mente y las sublimidades que produce, la lujuria y las pesadillas, todos los deseos ocultos y todos  los pecados manifiestos. Curiosamente, la tentativa de transportar asunto  tan esquivo (ay de mí, no tardé en comprender que mis dotes literarias quedaban  muy por debajo de la grandiosidad del proyecto) hasta una simple recuperación  de recuerdos a la que, claro, convendría un título más proporcionado, no impidió que  me  hubiera  visto a mí mismo  en  situación de alguna manera semejante  a la  del santo. Es decir, siendo yo  un sujeto  del  mundo, también tendría  que ser, al menos por simple ” inherencia de cargo”, sede  de todos los deseos  y objeto  de todas  las tentaciones. De hecho, si ponemos  a un niño cualquiera, y luego  a cualquier adolescente, y luego a cualquier adulto, en el lugar de  San Antonio, ¿ en qué se expresarían las diferencias? Así como  al santo lo asediaron los monstruos de la imaginación, al niño que yo fui lo  persiguieron los más  horrendos pavores  de la noche, y  las  mujeres  desnudas que lascivamente siguen  bailando ante  todos  los Antonios  del planeta  no son diferentes  de aquella prostituta  gorda que, una  noche, iba yo  caminando hacia  el cine  Salón Lisboa, solo  como era habitual, me preguntó con voz cansada e indiferente: “¿Quieres venir  conmigo?”. Fue en la calle del Bom- Formoso, en la esquina de unas escalinatas que había allí, y yo  debía  de tener alrededor  de doce  años. Y si es cierto que algunas de las fantasmagorías de El Bosco parecen suplantar  de lejos las posibilidades de cualquier comparación entre  el  santo y el niño, será porque  ya no nos  acordamos o no queremos   acordarnos  de lo que entonces pasaba por nuestras cabezas. Aquel pez volador que en el cuadro  de El Bosco lleva  al santo varón por vientos y aires no se diferencia tanto de nuestro  cuerpo  volando, como  voló el mío tantas veces en el espacio  de  los jardines que hay entre los edificios de la calle Carrilho Videira, ora rozando los  limoneros y  los nísperos, ora ganando altura con un  simple movimiento  de brazos y sobrevolando los tejados. Y  no me puedo creer que San Antonio  haya  experimentado terrores como los míos, esa pesadilla recurrente en la que me veía  encerrado en una habitación de forma  triangular donde  no había  muebles, ni  puertas, ni ventanas, y en un  rincón ” cualquier cosa” ( lo digo así porque  nunca  conseguí  saber de qué se trataba) que poco a poco iba aumentando de tamaño mientras sonaba una música, siempre la misma, y todo  aquello crecía y crecía hasta arrinconarme  en la última  esquina, donde por fin  despertaba, angustiado, sofocado, cubierto  de sudor, en el tenebroso  silencio de la  noche.

Nada muy  importante, se podría  decir. Tal vez por esa  razón este libro cambió  de nombre para llamarse Las pequeñas memorias.Sí, las memorias pequeñas  de cuando  fui pequeño. Simplemente.