La muerte de Miguel Delibes, un genio de la Literatura

13/3/2010 Edición Impresa Óbito



Artículo de Josep Maria Espinàs:

‘Una voz impresionante’

Lo recuerdo en Formentor, nada interesado por los egos del momento

JOSEP MARIA Espinàs
Escritor
He querido y he admirado toda mi vida Miguel Delibes. Y junto al exhibicionismo y la pedantería de hoy en día, su figura se hace aún más notable. Era una persona sobria y austera, de quien guardo una imagen tierna que recogí en un capítulo de mi libro Relaciones particulares. Yo trabajaba en Ediciones Destino. Corregía pruebas de sus libros. Cuando publicó La hoja roja le comenté que me parecía un título muy gutural, muy duro, con tantas jotas. Él me decía que no pasaba nada, que le sonaba natural. Y es que, claro, él lo pronunciaba de una manera más natural que la mía.
Ambos fuimos invitados al Coloquio Internacional de Novela que se celebró en Formentor en 1959. La había tratado antes por carta, pero allí nació una relación de simpatía, amistad y respeto. Él era un novelista que escribía sobre lo que podía explicar mejor, su tierra y su gente. No estaba en la moda de la novela experimental, existencialista o politizada que entonces
se llevaba.

era muy humilde y no tenía ningún interés en discutir con los egos del momento que pasaban por Formentor: personajes de primera línea como Italo Calvino, Alberto Moravia, Michel Butor, Josep Maria Castellet … Los coloquios duraban poco y él intervenía poco, porque no se sentía predicador
de nada.
Era una persona tan natural que parecía extraña en ese mundo. Quizá por eso nos porvenir tanto. Era muy familiar, muy casero, muy poco aventurero. Recuerdo perfectamente verlo sentado a la mesa que compartíamos, con unas piernas larguísimas, como unas raíces enormes. Creo que lo que más le interesaba era el tiempo libre, las pequeñas tertulias en los jardines del hotel. Bebíamos algo, hablábamos relajadamente. Por ejemplo, del placer de caminar, que compartíamos. Yo cazaba palabras. Él también, además de perdices. Recuerdo que tenía a su lado su esposa, Ángeles. Entonces eran muy jóvenes, pero ella murió prematuramente y dejó Delibes desamparado. Se le borró la vida tal como la conocía. Ya se le vio triste para siempre. Le pesó
muchísimo.
Fue un ejemplo que se puede ser una persona normalísimos, sin excentricidades, y ser un gran escritor. Porque para mí ha sido el escritor más grande en español del siglo XX. Su voz literaria impresionaba. Y también su voz física: parecía teatral pero no lo era: tenía una voz profunda, sonora, como un monje cantando en un monasterio. Él entonces ya era un gran escritor y yo empezaba. Luego tejer una larga relación epistolar. Para escribir Combate de noche hice un viaje de verdad en camión hasta Valladolid. Allí comimos juntos, una merluza muy bueno. Fue muy amable, como lo fue siempre: siempre hablaba de mis libros en El Norte de Castilla.

en UNA RESEÑA se inventó que mi próxima novela lo escribiría en español: y lo decía para hacerme un favor. No acababa de entender que pudiera ser buen escritor y escribir en catalán, cuando yo había aprendido precisamente de él que sólo podía ser escritor en catalán. Porque fue leer su español profundo y claro, lleno de color y muy vivido, arraigado en su paisaje, en el habla de sus compañeros de caza, lo que me hizo ser consciente de que yo no podría escribir nunca en español. Que sería un hermano de Delibes pero en catalán.

Opinión
Quim Aranda
Análisis
Quim Aranda

Realista discreto, cazador paciente
Quizá con un punto de provocación no deseada, a Miguel Delibes le gustaba definirse como un cazador que escribía: sin duda, una boutade biográfica, pero también sutil. Porque, de hecho, cualquier escritor es también alguien que trata de cazar una pieza. Delibes en cazó muchas: caza mayor (la última es El hereje, 1999) y caza menor (El príncipe destronado, 1973). Siempre, o casi siempre, con un acierto envidiable.

Sus páginas cinegéticas-decirlo es mal decirlo, habría que calificarlas, en sentido amplio, de literatura sobre la naturaleza; es un defensor radical aunque algunos puedan hacerse cruces por su afición al ‘escopeta-se cuentan por cientos (Diario de un cazador, 1955) o, incluso, unos pocos miles. Pero no es éste el Miguel Delibes que más quiero-todo ello, no tiene nada que ver con ninguna prevención contra la caza-ni lo que más me ha interesado.

En los años setenta, cuando quien esto firma estudiaba el bachillerato en un instituto de Barcelona, Delibes ya formaba parte del canon de la literatura española del siglo XX. Era un maestro-también, o especialmente, lo ha sido de periodistas-y obras como El camino (1950), Cinco horas con Mario (1966), Las ratas (1962), Los santos inocentes (1981) y Parábola del náufrago (1969), un relato simbólico y alucinante que hace pensar en Kafka, lo demuestran sobradamente.

Miguel Delibes, escritor de registros muy variados, es también uno de los grandes realistas de las letras castellanas del XX, tan importante como el Luis Martín Santos de Tiempo de silencio y el Ferlosio deEl Jarama, Infinitamente mejor que el Ferlosio deAlfanhuí; Mucho más que el barroco Francisco Umbral, un autor que es a España en que Juan Marsé es la ciudad de Barcelona.

Su debut literario está vinculado al Premio Nadal, que ganó en 1948 con La sombra del ciprés es alargada. Delibes era todavía, y tardaría un poco en deshacerse de ellos, un escritor de los vencedores de la Guerra Civil.

Pero ya entonces lo era a regañadientes-su gran piedad cristiana también le ayudó a darse cuenta de que era el régimen franquista-, por razones biológicas más que ideológicas. Claramente, nunca fue un falangista como lo fue otro gran escritor, un poco mayor que él, Torrente Ballester. Ni tampoco nunca formó parte del aparato de la censura, como sí lo hizo un joven Cela que, dicho sea de paso, se llevó el Nobel en 1989 que debería haberse llevado Delibes: la Su obra es un monumento a la lengua en que escribe.

La personalidad austera, discreta, seca-su literatura es muy dura, pero no está exenta de humor-, le priva de este reconocimiento internacional. En España, sin embargo, recibió todos los premios posibles. Y son dos novelas, las mencionadas Cinco horas con Mario y Los santos inocentes, Las que, además, le hicieron conectar con el lector de la calle. A mediados de los sesenta ya era el Delibes del otro bando. Su literatura enseña también esta evolución, que es paralela a la maduración como hombre e intelectual.

Su obra y la lección que aporta es clásica: a partir del conflicto local se llega a los temas universales, los próximos al ser humano ya su condición. Sirva el ejemplar monólogo de Mario como prueba.

MI COMENTARIO:
Descanse en paz. Fue un escritor que nunca actuó como una megaestrella del cine. Al contrario que en Camilo José Cela, por ejemplo, y sus tonterías del cubo en aquella entrevista con Mercedes Milá.