Los censores al descubierto

10/3/2010 Edición Impresa LA REPRESIÓN CULTURAL DURANTE EL FRANQUISMO

Los censores al descubierto

Aunque ocultaban su nombre mediante firmas en clave, muchos de los lectores son identificables

Un libro recupera los informes que recibieron 180 obras escritas en catalán entre 1939 y 1980

MANUEL DE PEDROLO<br />
«Aquesta novel·la titulada ‘Joc brut’ és excessivament bruta i amoral (...) per al públic al qual va destinada, a causa de les seves curtes dimensions i al curt abast literari» (‘Joc brut,’, 1965) Foto: colita
MANUEL DE PEDROLO
«Esta novela titulada ‘Juego sucio’ es excesivamente sucia y amoral (…) para el público al que va destinada, debido a sus cortas dimensiones y el corto alcance literario» ( ‘Juego sucio,’, 1965) Foto: colita
ERNEST ALÓS
BARCELONA
A veces impedían que un libro se publicara. A veces cortaban. A veces opinaban con un cierto gusto literario o demostraban ser unos talossos fanatizados. Sus superiores los enmendar los excesos de celo o corregían sus debilidades. Fueron, explican Jaume Clotet y Quim Torra en Las mejores obras de la literatura catalana (comentadas por los censores) los lectores, los «eficientes y pulcros servidores funcionariales» de la censura del franquismo. El libro, publicado por Acontravent Editores y que llega esta semana a las librerías, no es tanto una historia de la censura como un viaje a la mente de los hombres del lápiz rojo a través de sus opiniones, recogidas en 180 fichas seleccionadas entre las que se conservan en el archivo de Alcalá de Henares

DESACTIVAR UNA CULTURA. Cuando se puso en marcha el mecanismo de la censura quedó claro que además de controlar cualquier disidencia política, en Cataluña tenía un propósito adicional, el de desactivar la cultura catalana. Cuando se permitió con cuentagotas la edición en catalán se limitó a la «creación», dejando de lado el ensayo. Con esta frontera toparon en 1946 Adriana y Sara Aldavert, que pretender publicar un libro de recetas. La Delegación de Propaganda lo prohibió “por tratarse de una obra de cocina que nada justifica la versión en lengua catalana de su contenido y dado que su autorización podría constituir un precedente para otras publicaciones».
Con el tiempo, sintiéndose vencedor, el régimen abrió la mano magnànimament: en 1955, ante las Conversaciones filológicas de Pompeu Fabra, el censor escribía: «¿Cómo que gracias al Movimiento se ha castellanizado, creo que totalmente, la vida catalana y cada día son menos los interesados por estos temas, se considera que no hay inconveniente para que esta obra pueda publicarse se ».

DESFOGAMENTS rabiosos. Hasta 1966 los informes respondían a un cuestionario inicial. El chulesco lenguaje falangista se llegaba a filtrar incluso en este apartado: «¿Ataca el Régimen y sus instituciones? De la primera página a la última. ¿Las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? De Franco hacia abajo, a todos los que puede », escribía el censor Félix Ros sobre las memorias de Claudi Ametlla. El libro no se pudo publicar hasta 1977.

PALABRAS TABÚ. Los censores reaccionaban como si tuvieran muelles ante determinadas palabras, que garabatean algo automáticamente, aunque el significado metafórico de los textos se les escapara. «Conjunto de versos de distinta métrica que reflejan estados de ánimo del autor sobre sus sensaciones ante el mundo y la vida y los hombres», se limita a escribir José de Pablo Muñoz ante La piel de toro de Salvador Espriu. En las memorias de Ferran Soldevila, los calificativos “fascista, fascistas, facciosos rebeldes»Se sustituyeron por« franquista o nacionales». Ante la biografía de Ramon Folch i Camarasa, en 1968, el lector adjuntaba una serie de expresiones censurables: «Se trata de las palabras patria y patriótico, nación, Etc., Que los catalanes usan siempre en el mismo lenguaje ordinario y corriente, sin que esto tenga remedio, cuando hablan de Cataluña ». El otro tabú, claro, era el sexo. En El día que murió Marilyn, de Terenci Moix, en la frase «estaremos desnudos y sudorosos, esta noche, uno toque del otro» sólo le sobraba el nudo.

EL CENSOR CÓMPLICE. Las relaciones entre censor y censurado a veces se podrían comparar con las de torturador y torturado. A menudo, el censor adoptaba una posición cómplice. En ocasiones, esta tolerancia no era nada inocente. La Poesía catalana del siglo XX de Molas y Castellet respira influencias «de origen marxista» y refleja «de una forma muy, muy encubierta una postura avanzada de izquierda y nacionalismo catalán» pero, reflexionaba el censor en 1964, permitir la edición «daría ante nuestros injuriantes una prueba de cierta libertad de publicación ».

HOMBRES condescendientes. El machismo de los censores se reflejaba en sus fichas sobre las escritoras: las obras de Mercè Rodoreda son despachadas con opiniones condescendientes y resúmenes dignas de una fotonovela.

La autocensura. Los censores eran conscientes de que tenían como aliada la autocensura. «Todo está dicho con bastante prudencia y con deseo evidente que el libro se pueda editar», dice el informe de Cuando éramos capitanes, de Teresa Pàmies. LA CENSURA ZOMBI. Hasta una fecha tan tardía como 1980, la censura siguió comentando obras sobre las que ya no intervenía y que tampoco entendía. Cataluña bajo el régimen franquista, de Josep Benet, «rezuma pasión antifranquista», lamentaba impotente el Lector J en 1978. «Una especie de cuentos, extraños, muy modernos en fondo y forma, con temática variada, pero difusa y de difícil interpretación», escribió, estupefacto, el Lector número 17 sobre Uf, dijo él, de Quim Monzó.

CON NOMBRES Y APELLIDOS. El repaso de los archivos muestra los nombres y apellidos de muchos de los censores, aunque a menudo se ocultan bajo firmas como Don 5 o Número 17. Clotet y Torra destacan tres entre los que se dedicaron específicamente al libro en catalán: el falangista Félix Ros, el franciscano Miguel Oromí y el poeta Sebastià Sánchez-Juan, prototipo del “censor blando, manso y católico». Pero fueron muchos más: Juan José Permanyer, Manuel Sancho Millán, Sebastián García Díaz, José de Pablo Muñoz, Miguel Piernavieja, Román Perpiñá, Pedro Rocamora, Javier de Valdivia, Pedro Borge, Matheo Villalba, Fernández Jardón, J. Úbeda, Aguirre, Barbadillo, Galindo, Castillo, Mampel … Los imprevisibles y arbitrarios hombres del lápiz rojo.

Las opiniones de los hombres del lápiz rojo

CARME RIERA
«Cierta sexualidad, sin llegar a la pornografía (…) Hay una alusión política en la pág. 37 y otra de simpatía a Marx (…) sin mucha malicia »( ‘Te dejo, amor, el mar como prenda’, 1975)

TERENCI MOIX
«Visiones desagradables aunque relatadas con arte (…) Sólo deben suprimirse las palabras obscenas que utiliza el autor en aquellas escenas» ( ‘Mundo macho’, 1971)

MANUEL DE PEDROLO
«Esta novela titulada ‘Juego sucio’ es excesivamente sucia y amoral (…) para el público al que va destinada, debido a sus cortas dimensiones y el corto alcance literario» ( ‘Juego sucio,’, 1965)

MERCÈ RODOREDA
«Novela algo confusa id’escàs interés. Aunque hay muchos adulterios y un conato de semi incesto, no contiene descripciones inmorales »( ‘Espejo roto’, 1974)

POMPEU FABRA
“Pompeyo Fabra es un catalanista furibundo que ha dedicado toda su vida exaltación morfológica y filológica de la lengua catalana» ( ‘Conversaciones filológicas’, 1955)