La ultraderecha que un buen día se identificó con ese diario golpista bautizado como El Alcázar tiene actualmente varias cadenas de televisión con las que se puede sentir bien satisfecha. Hablo, por ejemplo, de Veo 7, ligada al diario El Mundo, de Libertad Digital TV, con Jiménez Losantos y César Vidal como principales espadas, o de la cadena Intereconomía, en la que un buen día invirtió (y perdió toros y cencerros) nuestra Agrupació Mútua, presidida por Félix Millet hasta el pasado mes de julio y hoy intervenida por el gobierno del Estado a causa de irregularidades graves en la gestión. Intereconomía, una de las cadenas más beligerantes con todo lo que parezca catalán, está paradójicamente controlada por un ciudadano que ha vivido mucho tiempo en nuestro país, Julio Ariza. Este hombre, años atrás, era la mano derecha de Alejo Vidal-Quadras. Hoy, lejos de la política parlamentaria, Ariza es un empresario de éxito gracias, sobre todo, a las concesiones de las administraciones vinculadas al Partido Popular.
En estas cadenas son frecuentes los debates monocolor en el que los catalanes como colectivo-y sin tener en cuenta la lógica diversidad-salimos a menudo maltrechos. Es lo de hablar del terrorismo islámico y vincularlo sin rubor y, obviamente, ninguna prueba, con el nacionalismo catalán. Un nacionalismo que, según su lógica premental, abarca desde los Maulets hasta el presidente Montilla y que incluye también los sectores más templados del Partido Popular catalán. Bingo! Son cadenas de televisión cortadas por el patrón Mayor Oreja. ¿Y qué quiere decir esto? Fácil: mezcla nabos con coles en la misma olla, calumnia sin remordimientos, que algo queda y, si son catalanes, jode-los castaña, que es gratis. ¡Ah! Y aprovecha para vender conspiraciones por doquier. Desde el éxito de El código da Vinci, las tramas novelescas se han multiplicado exponencialmente y ahora señorean sobre las noticias presuntamente serias que nos ofrecen estas-y otras-cadenas.
Porque si un ciudadano con dos dedos de frente se mira desde, por ejemplo, Olot, Balaguer, Dénia o Vilafranca de Bonany cualquiera de estas informaciones o tertulias se verá inmerso en el mundo de la ciencia ficción. Y podrá ver aberraciones como, por ejemplo, el presunto programa de investigación que presentó hace pocos días el periodista Melchor Miralles en Veo 7 titulado Víctimas del catalán. Miralles nos presenta una situación apocalíptica para los castellanohablantes en Cataluña. Porque no sé si lo saben, pero los catalanes hablamos nuestra lengua sólo para tocar la pera a los vecinos de poniente. Por ello, y sólo por eso, en las escuelas catalanas se tortura a los niños que no tienen como primera lengua la catalana, mientras los políticos nacionalistas se comen con judías los pobres comerciantes que rotulan sus comercios en la lengua de Cervantes y, en sus horas de ocio, esos mismos políticos hacen pactos con etarras y yihadistas para romper este paraíso terrenal que es España.
Nada nuevo. Ninguna novedad. Todo vale porque en estos casos no hay un fiscal general del Estado que diga que ya basta de racismo contra un determinado colectivo. En la España de hoy, ser racista hacia Catalunya y los catalanes sale gratis. Contra Pujol, contra Montilla, contra Puigcercós, contra Laporta. Todos ellos pueden ser tildados de nazis por cualquier energúmeno con pluma o micrófono y no pasa nada. Como mucho, le reirán el chiste. Un chiste que, por cierto, no hace ninguna gracia.

