13/3/2010
EL ESCÁNDALO DEL PROGRAMA ‘GENERACIÓN NI-NI’
La agresión sexual como espectáculo
• Asusta que parezca irrelevante que una cadena de TV convierta la violencia y la humillación en negocio
- MARTÍN TOGNOLA
El programa Generación ni-ni de la cadena La Sexta ha subido el listón del desprecio por los derechos de las personas que habitualmente contiene la llamada telerrealidad. El programa dice que pretende un supuesto experimento educativo con jóvenes que presentan alarmantes rasgos de inadaptación, ignorancia, vagancia e incluso violencia, cerrándolos para grabar su comportamiento, con el objetivo-parece-de reeducarlos. Pues bien, las cámaras grabaron una nauseabunda agresión sexual cometida por varios jóvenes sobre una de las chicas, que se emitió en el programa. Se ve como los agresores sujetan violentamente a la víctima, mientras uno le restriega sus genitales por la cara. Otros concursantes presentes ríen la gracia.
La ley define estos hechos como agresión sexual agravada por la intervención de varios sujetos, lo que supone una pena de cuatro a 10 años de prisión. Y llegaría hasta los 15 si hubiera habido penetración bucal, detalle que ignoro que el programa tapó delicadamente el miembro del agresor.
Posteriormente, los educadores critican la conducta del chico mostrándole la grabación, mientras él parece avergonzarse sin perder la sonrisa, lo que indica que le preocupa más la grotesca imagen ofrecida que la brutal agresión cometida. Y, hasta el momento, que yo sepa, aquí se ha quedado la cosa.
Ninguna ley podrá evitar del todo que siga habiendo agresores sexuales que buscan el anonimato, pero asusta el grado de desprecio por los derechos de los demás que hace que unos jóvenes sometan una compañera en una vejación así sabiendo que se les está grabando para un programa de televisión y, por tanto, ajenos a las consecuencias legales de sus actos, que deben considerarse como una broma.
Sin embargo, asusta aún más la hipótesis de que su comportamiento les parezca irrelevante e incluso gracioso, precisamente porque una cadena de televisión les ha hecho protagonistas de un programa dedicado a mostrar su comportamiento incivilizado.
Es probable que la cadena mantenga que su objetivo es criticar la violencia y educar a los autores, pero los resultados son otros. La supuesta finalidad social queda totalmente anulada por la utilización de la violencia como espectáculo, para que el programa hubiera podido renunciar al terrible impacto de las imágenes y la audiencia que espera, pero no ha resistido la tentación de reproducirlas. A costa, además, de exhibir la víctima, aumentando así la humillación. ¿Educación?
Cuando la televisión convierte la violencia en objeto de negocio, le resta importancia y la normalización, aunque diga que pretende lo contrario. Creo que no es arriesgado afirmar que muchos jóvenes problemáticos que hayan visto el programa han recibido el mensaje que su protagonista se ha hecho famoso a cambio de una leve reprimenda. Por otra parte, después de una banalización pública de la violencia así me niego a exigir como única respuesta que se compensen las carencias educacionales del joven televisivo con 10 años de prisión. La educación no puede basarse en la segregación social y necesita instrumentos socializadores que, por supuesto, no consisten en utilizar los actos antisociales como materia de entretenimiento colectivo. Y, así, programas como el que se ha comentado conviven sin problemas con otros que viven de exhibir las víctimas de delitos id’exigir constantemente penas de prisión cada vez más graves. Crecen las peticiones de endurecer la ley de responsabilidad penal del menor, sin que los que lo proponen ni siquiera se planteen la responsabilidad social por los valores que se transmiten mediáticamente a los jóvenes.
Mientras tanto, el Congreso de los Diputados debate la enésima reforma penal, en el que, entre otras muchas propuestas endurecedores, se propone también aumentar las penas de las agresiones sexuales, que hoy ya llegan a la gravedad de la pena por homicidio. El PP propone la cadena perpetua, porque considera insuficiente que la delincuencia de mayor gravedad llegue hoy a penas de hasta 40 años. La inconsciencia o la irresponsabilidad, si es que no es la demagogia, impiden buscar estrategias diferentes del mero endurecimiento de la ley, que resulta más rentable electoralmente. Así, muchas de las frecuentes reformas penales se limitan a enunciar qué actos son reprobables, señalando penas cada vez más graves. Es un mensaje puramente simbólico porque no va precedido de un planteamiento previo sobre la profundidad y las implicaciones de los problemas, ni sobre la necesidad o la posible eficacia de las reformas. Todo eso importa poco mientras la ley refleje adecuadamente la demanda de castigo.
Quizá hay quien todavía cree que los problemas de violencia juvenil se solucionan con más cárcel y sin permitir beneficios penitenciarios que, en cambio, se han demostrado útiles para la reinserción. Pero hay la esperanza de que este discurso, que tanto gusta a algunos políticos, llegue a cansar una opinión pública cada vez más acostumbrada a distinguir entre la propaganda y las soluciones. Y confiamos también que la audiencia televisiva se canse de tanta irresponsabilidad.
* Catedrática de Derecho Penal
MI COMENTARIO:
No veo nunca este tipo de programas, pero guardo aquí este artículo para denunciar la bajeza de las televisiones para conseguir audiencia como sea. Algún día habrá un muerto por culpa de esto, y saldrán las voces apocalípticas que pedirán la vuelta a la familia tradicional de antes como única manera de “salvar” nuestras almas.

