Joaquim Muntañola: “Kubala vivía a lo Ronaldinho, pero nunca fallaba”

21/7/2008 Edición Impresa LA ENTREVISTA // JOAQUIM MUNTAÑOLA, HUMORISTA, ESCRITOR Y DIBUJANTE

Joaquim Muntañola: “Kubala vivía a lo Ronaldinho, pero nunca fallaba”

Un señor. Un ser encantador, con una mente privilegiada, gracioso y con una memoria de elefante. Acaba de publicar un libro con el que solo pretende

Joaquim Muntañola. Foto:  EMILIO PÉREZ DE ROZAS
Joaquim Muntañola. Foto: EMILIO PÉREZ DE ROZAS
EMILIO PÉREZ DE ROZAS
“Los dibujos de Joaquim Muntañola son directos y frescos como un zumo de naranja de buena mañana”, dice Miquel Ferreres. Ni les cuento cómo es una conversación con este supremo artista de 94 años (Barcelona, 1914), que hace ya unos días se ha instalado en su casa de Platja d’Aro en espera de que pasen por allí, fijo, alguno de sus tres hijos, nueve nietos y once bisnietos. Llegó a escribir una comedia, que se estrenó en el Romea, para que el mítico Pepe Samitier hiciera de actor. Y fue un éxito.

–Para que se haga cargo del tipo de entrevista: acabo de leer su libro La memòria fa pessigolles y me lo he pasado en grande. Es más, he pensado que lo podría haber escrito mi padre, pues sus páginas reflejan varias de las anécdotas que él contaba de la vida de antes de los periodistas y los futbolistas.
–Evidentemente, hijo, porque su padre era uno de los nuestros, y también disfrutó de su profesión, de los amigos, del fútbol, del Liceu, de las veladas boxísticas y de lucha libre del Price, de los frontones y, por supuesto, de la complicidad que, entonces, había entre todos nosotros.

–Son como unas memorias desordenadas de alguien que no quiere irse de este mundo sin dejar escritas diez historietas en cuatro líneas.
–Yo, tanto en mi trabajo como dibujante, como escritor, como humorista o artista, jamás he querido hacer daño a nadie. Podría haber sido duro, un déspota, herir, pero no quise hacerlo. Ni se me ocurrió. Me encantaba provocar la sonrisa, ironizar, bromear, hacer cosquillas, no más.

–Y pensar que todo empezó porque usted se puso enfermo…
–Pues sí, a los 14 años tuve una enfermedad en los pies que me obligó a estar todo un año sin ponerlos en el suelo. Y, claro, ¿qué podía hacer durante todo ese tiempo? ¿Pelármela, leer, escribir o dibujar? Y escogí leer, escribir y dibujar. Mi maestro fue Valentí Castany, que trabajaba en el Xut y luego en el Once. Yo también me paseé con mi humor y mis textos por un montón de sitios, como el Patufet, Barcelona Deportiva, Mundo Deportivo, Dicen, Lean

–Y, así, entre Les Corts, Sarrià, el Camp Nou y un montón de desplazamientos con los equipos, se fue haciendo amigo de los futbolistas.
–Eran otros tiempos y los futbolistas eran tipos extraordinarios, gente estupenda, más humana, más cordial, más próxima. Por supuesto, no ganaban, ni por asomo, lo de hoy, pero se lo pasaban muchísimo mejor.

–Las juergas de las estrellas, de los fantásticos, más o menos, no han cambiado mucho, por lo que veo.
–Los fantásticos de entonces eran, insisto, gente extraordinaria. Por ejemplo, Ladislao Kubala. Kubala era un tipo maravilloso, el ser más generoso del mundo. ¡Del mundo! Todo lo que ganaba era para mantener a un montón de familias, a muchas, no solo a la suya, créame. Era el tipo más espléndido que he conocido en mi vida. Laszi vivía a lo Ronaldinho, pero jamás, jamás, falló a su equipo, a sus compañeros, a su club. Jamás. Era un portento físico y, si hacía algún exceso, lo compensaba con sacrificio y derroche de fuerzas.

–Igualito que Maradona, vamos.
–¿Por qué lo dice, por la anécdota que un día me contó mi amigo el doctor Bestit y que relato en el libro?

–Pues, sí, por ejemplo.
–Tenía que haber visto al bueno de Carlos contando aquella visita que hizo a la mansión que Maradona había alquilado, en Pedralbes, para atenderle de la hepatitis que padecía. Contaba que el Pelusa tenía el colchón de la cama colocado sobre cuatro pilas de ladrillos… ¡No tenía patas! Y, en la cama, mientras Bestit lo visitaba y le tomaba la presión, Claudia, entonces su novia, iba dando vueltas, ¡desnuda!, a su alrededor.

–Me gusta más la anécdota de Don Chufo con los árbitros internacionales a los que agasajaba el Barça.
–Eso fue culpa del Butanito. Estábamos en esa discoteca y descubrimos a un directivo del Barça en una mesa y, en otra, al lado, tres extranjeros impecables y tres señoritas imponentes, ¡profesionales, claro! Estaban en los primeros contactos cuando, de pronto, el directivo mandó desaparecer a las tres señoritas. ¿Motivo?, acababa de entrar en el local el mismísimo José María García, Butanito, que sabía que aquellos tres personajes no eran otros que el árbitro y sus linieres del día siguiente.

–En el libro no habla usted muy bien de Alfredo Di Stéfano.
–Pues no, y con razón. Después de los partidos, nosotros entrábamos en el vestuario y hablábamos con los futbolistas, que iban por allí en pelota picada. Yo tomaba notas y apuntes para algún dibujo. Un día, Di Stéfano le pegó a un compañero mío, con malas artes, con una toalla mojada. Yo lo conté en Barcelona Deportiva. Y me explicaron que, al día siguiente, iba diciendo por ahí que me iba a partir la cara. Era un extraordinario jugador, pero difícil, antipático y muy mal hablado. “El fútbol no está hecho para los mudos”, solía decir. “No sirve de nada que seas un genio si los compañeros no te entienden. Por eso les grito”.

–A Schuster también le da.
–Gabi, su esposa, se hizo muy amiga de Christel, mi nuera, la esposa de mi hijo Jordi. Fue ella quien los convenció de que tuviesen a su hijo en la Dexeus, pues querían irse a parir a Alemania porque no se fiaban de las clínicas de aquí. ¡Serán bobos! Los tuve 15 días de vacaciones en mi casa de Platja d’Aro y se despidieron a la francesa: es decir, sin decir adiós. ¿Cómo quiere que hable bien de alguien así, por favor?

Un dibujante como los de antes, de los que ya casi no quedan. Recuerdo haber leído sus dibujos en la legendaria revista TBO.