A los que siguen la tele últimamente les sonará esta frase corta. Se trata de uno de esos programas concurso en el que presentan a un variado repertorio de artistas y cada cual en su actuación nos ofrecen su mejor cara.
El talento es una aptitud innata para realizar una función determinada, y resulta más llamativa cuando la actividad a seguir necesita de un público, como puede ser el caso de los oficios artísticos sobre un escenario o en el plano deportivo, aunque puede estar presente en muchas otras facetas de la vida. Tiene, además, la capacidad de cambiar los cánones, al aportar una mirada nueva alejada de las preexistentes. Personas con verdadero talento no hay demasiadas y destacan por esa chispa en su desenvoltura, aunque no posean experiencia previa.
Pero el talento no debería cegarnos para una valoración en profundidad del trabajo realizado. Una persona con alta capacidad aunque sin la técnica que sólo se aprende tras un buen tiempo, quedará pronto al descubierto ante sus homólogos. Si no se trabaja mucho y se aprenden los entresijos de su profesión, con el tiempo se quedará atrás por las críticas.
Contemplar el talento sí que es fabuloso para los no iniciados, que no vemos esas taras y nos quedamos impresionados con la primera impresión. Si vemos al famoso tenor Paul Potts nos parece que es una auténtica maravilla, pero ¿qué opinarán de él los entendidos? ¿también pensarán que ha redescubierto la ópera? ¿Habría destacado rodeado de semejantes y juzgado por entendidos?
El talento es la panacea de un medio como la televisión, que necesita devorar a toda velocidad los modelos de éxito, sin tiempo para la mejora. De esta forma, se valora más una condición tan arbitraria como la que hablamos para dejar a un lado la experiencia. De hecho, se obvia conscientemente a personas con escuela para dar paso a guapos pipiolos. Y como este medio tiene tanta influencia en nuestras vidas, acabamos pensando que si no poseemos talento, no tenemos nada que hacer en nuestra vida, cuando en realidad nos queda la segunda vía, la más común entre los que no tenemos esa virtud, la del esfuerzo y el trabajo, que es además la que nos va a dar mayor satisfacción personal. Hay personas que no poseen ninguna habilidad especial y no por ello dejan de ser perfectamente válidos si demuestran una buena condición.
Los jóvenes son los más susceptibles a este sutil mensaje impuesto desde la pantalla, el de la supremacía de la aptitud frente a la actitud y para que no se confundan, lo mejor es inculcarles los valores de la educación y de la constancia del trabajo bien terminado.
¿Tienes talento, chaval? ¡Enhorabuena! No te duermas, no lo malgastes. Aún queda un largo camino por delante, busca el equilibrio. La historia está repleta de talentos desaprovechados.


